Seguiré aquí,
dijo.
Había llovido en el camino
y apoyé la espalda,
noqueada,
insomne,
en aquella pared húmeda
y fría,
como el sexo del exilio.
Miraba
el barro de sus botas.
Anhelaba
el barro de sus botas.
Seguiré aquí,
dijo,
y sonó a pasado infinito,
a llano inmenso y estéril.
Por supuesto,
mintió.
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