El esperante se recuesta sobre la memoria
como en un jergón de pluma,
cubre de niebla el derredor,
se ciega los sentidos,
yace en su lecho.
El esperante se cubre de hojas muertas,
un paño ocre contra el frío,
contra el reloj vacío.
Es el rehén insurgente del tiempo
soldado a las cadenas.
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