Cuando claudica la luz
y entrega la llave de la ciudadela,
los heraldos de la soledad se reúnen en el techo,
con dedos de araña,
las ocho patas naciendo del pecho.
La noche digiere en su barriga
la senda lineal del tiempo.
Floto en la sombra,
ingrávido cada miembro.
Cuando claudica la luz,
se me llena la boca de insectos,
me sacan la tierra
cargada en sus diminutos cuerpos.
Se esmeran en mi vacío,
tronco estirado y recto,
tronco bajo las sábanas,
tronco hueco de árbol hueco.
Como de raíz
se me tronzan algunos huesos.
Cuando claudica la luz,
los heraldos se reúnen en el techo,
me hablan con voz pausada,
me hablan todo
y yo asiento.
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