[Madrid.
Malasaña. Una joven que conducía en ropa interior y descalza, abandona coche y
acompañante bloqueando la calle. Se dirige al metro ante el estupor de Daoíz y
el asombro de Velarde.]
Tiró del freno de
mano
en la calle de la
Palma.
Justo enfrente de
Arrebato,
la mina perdió la
calma.
Vestía sostén y
bragas,
calzaba locura y
llagas.
Doctora en
psicología,
fue, al parecer,
aquel día
el de la hora
señalada.
Bajó del coche
tan pancha,
semidesnuda su
estampa.
Él cometió el gran
desliz
de respirar en
Madrid
la boca que no
tocaba.
Transeúntes y
fulanos
admiraron las
hechuras
de la ninfa
perturbada,
que se coman los
gusanos
esos ojos sin
ternura
que merecen
sepultura
cuando miran y no
pagan.
El pibe quedó en
el coche
sin carnet y sin
palabras,
tres claxons y
algún reproche
voceaban a las
bravas.
¿Qué vas a hacer,
boludo,
con semejante
percal?
Al volante eres
tan mudo
que ni sabes
aparcar.
Así que el bueno
de Claudio,
ahora sito en
Lavapiés,
medio infartado
el miocardio
y con los huevos
del revés,
fijó el metro a
su destino,
como un lobo
clandestino,
al grito amargo
de “pies,
emprended raudo
camino…
para qué os
quiero, ¡pardiez!”
Un huérfano
utilitario
bloqueando el
vecindario
es un problema
menor,
cuando juntas tus
junteras
a lomos de una
cualquiera
que se caga en el
amor.



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