miércoles, 8 de junio de 2016

A la muerte de su cuarentena

Y cada amanecer es un cataclismo,
las aceras
se le abren como labios secos bajo las sandalias.

Un epitelio de cemento
achicharrado al sol de junio.

Y en Madrid no queda un maldito plenilunio
donde la loba
amamante más crías que esos monstruos,
con todos los dientes astillados,
que le mienten cada día a los tejados,
que gangrenan los tobillos, que los quiebran,
que cocinan con sus tripas
su estofado atroz de menudillos.

Su cabeza es el ring;
el aspirante un David sin armamento
que lucha por arañar ese momento
en que soltar el puño a las pelotas
de un gigante traidor y musculado,
untado por el miedo.

Un golpe bajo y vital
para salir de la cama,
para mearse en los suburbios del papel
con que fabrican el programa del combate,
la guía cruel
de la ruta al melodrama.

Y ella late,

late,

late…

Derribará las columnas de los templos,
los altares del vestido del lamento,

como cada día.

Yo trato de ser vigía en la tormenta,
hacerle recoger velas,
matarle de sed los naufragios…
votar por la esquela de su duelo
allá donde convoquen el sufragio universal.

Y algunos ratos lo consigo, 
a pesar de todo eso, 
de mis nanas, de mis huesos
encostrados de salitre y de sudor...


y de mendigo.

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