Domingo.
O ya lunes, qué más da.
El cansancio saliva
en regueros de lástima por las paredes.
El mundo a las espaldas
y los vilipendiados de la cena rojigualda
convulsionando entre las redes,
atrapados,
buscando en la basura esos poderes
que firmaron a aquel mísero abogado,
faenero,
presidente...
que aún se hurga con sus tibias
lo que queda de los restos de los sueños
fermentando como un muerto entre los dientes.
La epifanía de las víctimas
se cose con cerveza.
Un mal corte, quizá,
el luto pródigo que vuelve a la ciudad...
y nos besa.
Joaquín,
agonizante Sabina,
canta aquello del "éxodo de oscuras golondrinas",
ella aprieta un poco más
y yo no pienso escaparme
ni siquiera dos pulgadas de las libras de su carne,
de su fiebre,
de los callos de las manos del orfebre
que me talla mil remedios y una orilla
de isla errante
donde muere toda escoria tripulante
de esta inmunda,
estercolérica de gritos y de hambre,
necrosada,
pesadilla.
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