Dentro,
muy adentro,
reyes del
vocabulario marchito
me acosan
mientras duermo.
Su saliva me
gotea
en el oído libre
de la almohada.
“No eres nada…
no eres nada…”,
me susurran en su
letanía.
Yo dormido,
entre gritos de
cuerda rota y afonía,
no les puedo
contestar
y menos,
mucho menos,
amanecer todavía.
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