miércoles, 15 de junio de 2016

Tres días.

Resucitaré al tercer día. 

El primero yaceré ebrio
en una habitación de carretera,
coche y huevos aparcados en la puerta, 
espero, 
de la 23. 

Me cubriré de barro en la bañera,
me crecerán raíces nudosas,
óseas,
desde el cuello.
Habrá un brutal atropello
de tibias rotas
para no correr. 

El segundo temblaré
abstinente de existencia,
peatón de la demencia.

Tendré visiones con calaveras, 
rozaré mis dientes hasta deshacerlos,
os enseñaré el hígado licuado 
de las pesadillas. 

Caeré de rodillas.

Seré insecto
antes que resurrecto.

Me cubrirá pelo de bestia para el invierno.

Resucitaré al tercer día,
un sucio mesías de su verdad,
infestado de tumores,
fumando tabaco seco, 
recompuesto como un muñeco,


pero vivo

de entre los muertos.

domingo, 12 de junio de 2016

Amnesia

Somos hijos del asombro,
de la fábula,
gestados vírgenes
en un útero de ignorancia.

Somos crías
en medio de la jauría,
seres
sin desarrollar.

Pero lo hemos olvidado.

Nos pintaron el metro de facturas,
como un tugurio de subsuelo,
y nos rendimos.

Y los trenes ya no son
serpientes mitológicas.
Ahora nos digieren
en sus barrigas de ciudad.

La digestión sabe a hierro.

Suena a hierro.

Vomita hierro.

Nos arrastramos,
ciegos a las azoteas,
desgarbados habitantes de la mediocridad,
charcos de fluido espeso,
hacia las oficinas.

¿Cuántos lloráis de noche sobre el colchón?

¿Cuánto ven
los ojos grises de niebla y de polución?

Os digo
que somos hijos del asombro,
de la fábula.

Pero lo hemos olvidado.


viernes, 10 de junio de 2016

Porteños en Madrid. (Para Claudio Lier, con amor.)

[Madrid. Malasaña. Una joven que conducía en ropa interior y descalza, abandona coche y acompañante bloqueando la calle. Se dirige al metro ante el estupor de Daoíz y el asombro de Velarde.]

Tiró del freno de mano
en la calle de la Palma.
Justo enfrente de Arrebato,
la mina perdió la calma.

Vestía sostén y bragas,
calzaba locura y llagas.
Doctora en psicología,
fue, al parecer, aquel día
el de la hora señalada.

Bajó del coche tan pancha,
semidesnuda su estampa.
Él cometió el gran desliz
de respirar en Madrid
la boca que no tocaba.

Transeúntes y fulanos
admiraron las hechuras
de la ninfa perturbada,
que se coman los gusanos
esos ojos sin ternura
que merecen sepultura
cuando miran y no pagan.

El pibe quedó en el coche
sin carnet y sin palabras,
tres claxons y algún reproche
voceaban a las bravas.

¿Qué vas a hacer, boludo,
con semejante percal?
Al volante eres tan mudo
que ni sabes aparcar.

Así que el bueno de Claudio,
ahora sito en Lavapiés,
medio infartado el miocardio
y con los huevos del revés,

fijó el metro a su destino,
como un lobo clandestino,
al grito amargo de “pies,
emprended raudo camino…
para qué os quiero, ¡pardiez!”

Un huérfano utilitario
bloqueando el vecindario
es un problema menor,

cuando juntas tus junteras
a lomos de una cualquiera
que se caga en el amor.



miércoles, 8 de junio de 2016

A la muerte de su cuarentena

Y cada amanecer es un cataclismo,
las aceras
se le abren como labios secos bajo las sandalias.

Un epitelio de cemento
achicharrado al sol de junio.

Y en Madrid no queda un maldito plenilunio
donde la loba
amamante más crías que esos monstruos,
con todos los dientes astillados,
que le mienten cada día a los tejados,
que gangrenan los tobillos, que los quiebran,
que cocinan con sus tripas
su estofado atroz de menudillos.

Su cabeza es el ring;
el aspirante un David sin armamento
que lucha por arañar ese momento
en que soltar el puño a las pelotas
de un gigante traidor y musculado,
untado por el miedo.

Un golpe bajo y vital
para salir de la cama,
para mearse en los suburbios del papel
con que fabrican el programa del combate,
la guía cruel
de la ruta al melodrama.

Y ella late,

late,

late…

Derribará las columnas de los templos,
los altares del vestido del lamento,

como cada día.

Yo trato de ser vigía en la tormenta,
hacerle recoger velas,
matarle de sed los naufragios…
votar por la esquela de su duelo
allá donde convoquen el sufragio universal.

Y algunos ratos lo consigo, 
a pesar de todo eso, 
de mis nanas, de mis huesos
encostrados de salitre y de sudor...


y de mendigo.
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