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viernes, 26 de febrero de 2016

Impresionismo y Lucky Luke

Lloro con el final
de "Centauros del desierto",
con el de "Un día perfecto 
para el pez plátano",

con todos 
los de Lucky Luke.

Me alucina
ver que se abre La Latina
como si fuera el Mar Rojo,
cuando ella enfila al curro
por su cosecha de pan.

Cómo
entre tanto insecto analfabeto,
tanto gorgojo,
no se le pierde el respeto 
a su bendito caminar.

Me arrodillo 
ante el lomo de la pregunta y el polvo de Fante,
ante los huevos de mirar palante,
ante la ceguera universal
de los que opinan
que esa cosa de las letras
no se me da ya tan mal.

No escatimo
alabanzas al calor
que me deja en el colchón
cuando se marcha,

siempre
diez preguntas antes de que yo, 
en silencio sagrado, haga la cama
y me imagine,
menudo tarado, 
como el último peón
dándole jaque a la dama.

Me inclino con vehemencia
ante esos tipos que, a ciegas,
resuelven el cubo de Rubik,
ante Nicholson y Kubrick en el puto resplandor,
ante los que cumplen condena,
como si mereciese la pena,
en su copa de balón,

y, sobre todo,
ante su boca entreabierta
cuando cruzamos la puerta.

Lloro con el final
de "Centauros del desierto",
con el azul marino en mar abierto,

pero guardadme un secreto, 
gente de barra de bar,
hay taberneras sin puerto
y sin las que yo 
apestaría a fiambre,
a carne gris, a óxido de alambre,

es decir,

un poquito más a muerto.









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