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viernes, 4 de diciembre de 2015

A secas

Hubiese sido vivir, 
a secas,
poner un par de metros
entre la sonrisa congelada del bisturí
y las jodidas muñecas.

Zurzir algún jirón desaliñado,
que ya no importase tanto
la vejez de las promesas
o madrugar un poco más
para ir al banco.

Despeinar con la mano la tristeza 
como a un niño rebelde
que la acaba de joder.

Hubiese sido resistir,
a secas,
como un ejército emboscado recibiendo provisiones
o un soldado
sufriendo alucinaciones de victoria
tras una masacre inesperada y radical 
de la memoria.

Qué gilipollez...

Hubiese sido dormir desarropando la cabeza
de una maldita vez.

Pero no lo fue.

Escuché el chasquido del tendón 
al romperse entre tus dientes,
el muy cabrón.

Y volvió a no haber fibras para sujetarse,

sólo una desesperada inflamación
en estas rodillas mías de chaval de descampado.

Hubiese sido vivir,
a secas,
como aquella inspiración
llenándole el pulmón 
en blanco y negro
al tercer hombre.

La resurrección de las certezas, 
tan esquivas,
que no importase el sudor ni la maleza
del camino cuesta arriba,
hubiese sido,
te aseguro,
un polvo majestuoso
y sin cortinas.

Pero no lo fue.

Fue un navajazo en los riñones,
sin provocación previa,
un uso obsceno del cariño 
sin mediar negociaciones... 

joder...

así no se acaba una guerra,
así se asesina y se entierra
por ausencia de decoro
y, sobre todo,

de cojones.














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