Madrid,
en domingo y en noviembre,
es una zancadilla al tiempo.
Lo clava de rodillas en la acera,
le rompe sus nudillos, le obliga
a rezarte a golpes,
como siempre,
como un maldito penitente a un dios
detrás de dos momentos,
de mil paredes sucias,
podridas,
inertes,
en su empacho de cemento.
A Madrid,
en domingo y en noviembre,
se le desborda a arcadas el silencio.
A mí el vino.
Ya ves,
yo tan Robespierre,
tan guillotina de las trabas al destino
y tú...
tú viviendo en la calle Princesa.
Qué puta ironía,
qué revolución plebeya,
qué jodida y romántica empresa.
Hoy no son mil años
desde que mi sofá fue capilla ardiente
donde hervía la piel de tus tobillos.
Hoy he visto a la manada en Plaza España,
con sus fotos nuevas,
con sus ojos sin lumbre pá las cuevas.
Me he parado,
he pensado en robarles la influencia
de su estúpida genética sandez,
de su amada indiferencia
y no he podido.
No soy un buen ladrón,
no ganaré cruz con alivio.
Hoy
a las arterias de Madrid,
en domingo y en noviembre,
se les ha transfundido medio litro de tristeza.
Y ahora,
antes de irme a dormir,
me toca renovarte la mortaja.
Joder... ¿Dónde escondo la pereza?
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