La mañana se me llena de libros salvavidas
porque anoche
te dejaste las propinas
en cualquier otro lugar.
Y yo
siguiendo sin saber cómo vestir las despedidas,
eligiendo el grosor
de los hilos que descosen las heridas,
encontrándote
a la vuelta del silencio de la esquina.
La mañana encandilando los retales,
y yo bordando de mentira los finales,
porque yo,
creo que lo sabes,
no me sé rendir desnudo.
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