Tendrías que haberme visto sacando los ojalás de la maleta
para colocarlos en el armario.
Allí.
Tan lejos de casa.
Tendrías que haberme visto después de aquella noche,
cuando decidí desenfundar, al salir de la ducha,
y llenarle el pecho de balas de plata
al tipo desnudo que me miraba en el espejo,
poniéndolo todo perdido de pasado.
No estabas allí
cuando me senté, entre pinos y maleza,
a acariciarle la nariz a la cabeza
de un gigante de piedra
que concedía deseos.
Ni cuando compartía el tabaco a la espalda de Barcelona,
inventándome un futuro
que ahora se sube conmigo a los trenes
dejándote libre el asiento de al lado.
A ti.
Para nacer
necesité que no estuvieras,
pero ahora que me ha dado por creer en las quimeras
no necesito atarme
contra el canto de sirenas,
ahora que tiene sentido lo que escribo
te hago responsable de las puertas que derribo
para encontrarte.
Responsable de haber aparecido
a principios de un agosto justo en medio del camino,
responsable de tus huellas,
de ser tú y tus adjetivos,
y, un poco más al fondo,
la manera.
De ser
pelo
piernas
papel
hombros y caderas.
Se acabó el soñar en noches paralelas,
voy a llenarte Madrid de estaciones,
de obscenas intenciones,
de planos de metro, de taquillas
para que recojas de una vez
el billete de vuelta.
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