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miércoles, 8 de abril de 2015

Balas de plata

Tú no estabas cuando llegué. 
Tendrías que haberme visto sacando los ojalás de la maleta 
para colocarlos en el armario. 

Allí. 

Tan lejos de casa. 

Tendrías que haberme visto después de aquella noche, 
cuando decidí desenfundar, al salir de la ducha, 
y llenarle el pecho de balas de plata 
al tipo desnudo que me miraba en el espejo, 
poniéndolo todo perdido de pasado. 

No estabas allí 
cuando me senté, entre pinos y maleza, 
a acariciarle la nariz a la cabeza 
de un gigante de piedra 
que concedía deseos. 
Ni cuando compartía el tabaco a la espalda de Barcelona, 
inventándome un futuro 
que ahora se sube conmigo a los trenes 
dejándote libre el asiento de al lado.

A ti.

Para nacer 
necesité que no estuvieras, 
pero ahora que me ha dado por creer en las quimeras 
no necesito atarme 
contra el canto de sirenas, 
ahora que tiene sentido lo que escribo
te hago responsable de las puertas que derribo
para encontrarte.

Responsable de haber aparecido 
a principios de un agosto justo en medio del camino,
responsable de tus huellas,
de ser tú y tus adjetivos,
y, un poco más al fondo, 
la manera.

De ser
pelo 
piernas 
papel 
hombros y caderas.

Se acabó el soñar en noches paralelas,
voy a llenarte Madrid de estaciones,
de obscenas intenciones,
de planos de metro, de taquillas 
para que recojas de una vez
el billete de vuelta.







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