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martes, 3 de marzo de 2015

Condena

Puedo condenarte,
esconderte los días bajo la alfombra,
los que anochecen desquiciados de tedio,

puedo,

si me dejas,

encender los radiadores,
dormir contigo sin sábanas,
sin ropa,
sin mañana,

y mañana

hacerle una foto a lo que quede de las velas,
contarte los dedos en la ducha
y que sumen más de diez,
(d)escribirte los recuerdos por la espalda
con los restos del champú,

coserte el pelo a mis paredes,

y que quieras volver,

y vuelvas.

Puedo condenarte a mis licencias,
enseñarte un ático con vistas a la luna, 
y a tus piernas, 
y a tus ojos de sonrisa, 
a veces,

sólo a veces,

a alguna lágrima, 
porque, coño, 
algo tiene que doler.

Puedo condenarte a orgasmos en papel,
y en carne,
y en huesos.
y en ausencias negociadas al deseo

los lunes por la tarde,

a eso de las seis.

A vivir,

a querer con sangre y con palabras y con piel,
a la arritmia itinerante del deshielo
de los corazones congelados por el miedo.

Puedo condenarte a mi pecho,
mis arrugas, 
mi nostalgia,
mi nosotros sin los otros 
como por arte de magia.

Y también,

claro,

también puedes salvarte.








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