de cara a los cuatro rincones... palabras.
goteando en las goteras de las despedidas,
colgadas de los dedos que se tocan,
escurriéndose del costado de las bocas.
palabras en tus pestañas,
en los lunes paseando marzo a la cintura,
palabras en el plato del almuerzo de las dudas.
suspendidas de los besos ojerados,
aburridas
de buscarte sin tenerte justo al lado.
palabras sonrientes
acariciando clítoris al fondo de las mentes,
palabras sucias por el sumidero
que desnudan una noche de febrero.
del deseo caen palabras,
y del miedo,
de los puentes de mis labios a tu forma,
de los cuerpos que no atienden a la norma
de olvidarse tras el luego,
el después,
el mañana.
palabras que se quedan con las ganas,
que regresan,
que se comen,
que se sueñan.
por todas partes... palabras.
destejiendo hilos,
penélopes nocturnas de una historia
que no me van a arrancar de la memoria
ni uno solo de tus roces.
mezcladas con arena,
cocidas al vapor de las caricias,
en los tejados los porches las cocinas,
en los gritos del orgasmo de una pena...
en el suelo de tus risas junto a mí
mientras la cena.
están ahí,
yo te las ordeno,
te las cambio por todos tus frenos,
por hacerle el amor,
el sexo,
la guerra,
el pan...
a este lado de tus días.
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lunes, 30 de marzo de 2015
domingo, 29 de marzo de 2015
bolsillos interiores
tengo una idea escondida,
es muy frágil,
o sólo lo parece.
se asoma desde el bolsillo interior de mi chaqueta,
ahora que es primavera,
para tomar el sol.
cuando la miro,
allí,
haciéndome cosquillas con los hombros,
apartándome la sombra de la cara
cuando se recoge el pelo,
temo romperla.
pero ella no se rompe,
aunque a veces sea transparente,
casi azul,
y pueda ver la sangre bombeada en sus arterias
con impulsos que me agrietan las copas
y la falda de las noches.
se esconde de todos
menos de mí.
no sé por qué no se muda de pecho,
por qué no se busca una chimenea con salón
en vez de sentarse en mis escalones,
por qué se registra con tu nombre
en cada hotel.
tengo una idea escondida,
parece frágil cuando la desnudo y se acuesta conmigo,
cuando me la bebo
y es una fuente de sudor y de saliva
y de sexo con sentido
que no se molesta en buscar la salida.
lo parece.
de verdad.
pero no se rompe,
crece en mi bolsillo como el cauce desbordado de los ríos
los días de deshielo,
y me dibuja un calendario
de domingos empapados
de ganas
de ti.
es muy frágil,
o sólo lo parece.
se asoma desde el bolsillo interior de mi chaqueta,
ahora que es primavera,
para tomar el sol.
cuando la miro,
allí,
haciéndome cosquillas con los hombros,
apartándome la sombra de la cara
cuando se recoge el pelo,
temo romperla.
pero ella no se rompe,
aunque a veces sea transparente,
casi azul,
y pueda ver la sangre bombeada en sus arterias
con impulsos que me agrietan las copas
y la falda de las noches.
se esconde de todos
menos de mí.
no sé por qué no se muda de pecho,
por qué no se busca una chimenea con salón
en vez de sentarse en mis escalones,
por qué se registra con tu nombre
en cada hotel.
tengo una idea escondida,
parece frágil cuando la desnudo y se acuesta conmigo,
cuando me la bebo
y es una fuente de sudor y de saliva
y de sexo con sentido
que no se molesta en buscar la salida.
lo parece.
de verdad.
pero no se rompe,
crece en mi bolsillo como el cauce desbordado de los ríos
los días de deshielo,
y me dibuja un calendario
de domingos empapados
de ganas
de ti.
sábado, 21 de marzo de 2015
Derechos
Nos hemos otorgado el derecho inalienable a desnudarnos en público.
Somos los superhéroes del sentimiento, ¿verdad?
Para que nos entiendan, algunas veces escribimos palabras salidas de tono, follamos en cursiva y negrita, colgamos las bragas empapadas de fluidos hormonales, mentales, o de lágrimas, en los puntos finales.
Todo depende del momento, ¿verdad?
Hasta nos adornamos... Cortamos la hemorragia haciendo un torniquete de guirnaldas sumergidas en alcohol.
Incluso nos ataca la vanidad a navajazos de callejón oscuro, cuando nos halagan los restos a medio digerir que dejamos salir por la boca delante de un micro, en cualquier local que nos permita el estriptís.
¡Incluso nos aplauden!
A veces somos felices,
pocas,
y algo más aburridos.
Y yo digo... sin ofender... que no somos más verdad que las ojeras del jardinero, que se quita la escarcha de los guantes, en pleno invierno, para empezar a trabajar.
Que comparado con sus ojos, los de ella, medio dormidos, con sus uñas a medio despintar, con sus labios a cualquier distancia de la cama... esto... esto es un jodido juego.
Y yo digo...
sin ofender...
que si alguna vez lo olvido,
me cortéis los dedos.
Somos los superhéroes del sentimiento, ¿verdad?
Para que nos entiendan, algunas veces escribimos palabras salidas de tono, follamos en cursiva y negrita, colgamos las bragas empapadas de fluidos hormonales, mentales, o de lágrimas, en los puntos finales.
Todo depende del momento, ¿verdad?
Hasta nos adornamos... Cortamos la hemorragia haciendo un torniquete de guirnaldas sumergidas en alcohol.
Incluso nos ataca la vanidad a navajazos de callejón oscuro, cuando nos halagan los restos a medio digerir que dejamos salir por la boca delante de un micro, en cualquier local que nos permita el estriptís.
¡Incluso nos aplauden!
A veces somos felices,
pocas,
y algo más aburridos.
Y yo digo... sin ofender... que no somos más verdad que las ojeras del jardinero, que se quita la escarcha de los guantes, en pleno invierno, para empezar a trabajar.
Que comparado con sus ojos, los de ella, medio dormidos, con sus uñas a medio despintar, con sus labios a cualquier distancia de la cama... esto... esto es un jodido juego.
Y yo digo...
sin ofender...
que si alguna vez lo olvido,
me cortéis los dedos.
21 de marzo
Es gris,
la tarde,
pero no ése que llueve melancolía,
ni arena venida del desierto,
como dicen a veces en las noticias,
poniéndote las ventanas perdidas.
Llueve,
sí,
pero del modo en que te sale pisar los charcos,
y correr a ratos al lado del río,
y desenmascarar las máscaras de mañana obscena,
desenfocadas,
que te atan a la nuca las cajas registradoras.
Hace frío,
algo,
pero del que te baja las cremalleras del abrigo
para sacarte el calor,
podrido,
de todas las excusas que te frenan los latidos,
que enfundan las muelas sin juicio
y te achican los mordiscos.
Es gris,
llueve,
hace algo de frío,
y no me sale nada amargo que contar...
ironías,
supongo,
del destino.
la tarde,
pero no ése que llueve melancolía,
ni arena venida del desierto,
como dicen a veces en las noticias,
poniéndote las ventanas perdidas.
Llueve,
sí,
pero del modo en que te sale pisar los charcos,
y correr a ratos al lado del río,
y desenmascarar las máscaras de mañana obscena,
desenfocadas,
que te atan a la nuca las cajas registradoras.
Hace frío,
algo,
pero del que te baja las cremalleras del abrigo
para sacarte el calor,
podrido,
de todas las excusas que te frenan los latidos,
que enfundan las muelas sin juicio
y te achican los mordiscos.
Es gris,
llueve,
hace algo de frío,
y no me sale nada amargo que contar...
ironías,
supongo,
del destino.
jueves, 19 de marzo de 2015
Jueves
A veces simplemente me despierto,
miro hacia un lado,
y no estás.
Y te cambio esa mañana
por el aliento que desprendes cuando duermes,
los renglones,
las canciones,
por tu piel de gallina
cuando sales desnuda de la cama a la cocina
y me abres los balcones.
Soy un apóstata de esa ventana al patio de bragas tendidas,
que no me inspira hoy ni ninguno de esos días
de nórdico en primera persona del singular.
Soy creyente de tus piernas extendidas,
de las curvas de las sendas de los bosques que caminas,
del café,
de la arena de los dedos de tus pies
cualquier verano.
A veces simplemente me despierto,
miro al techo porque no estás,
y me invento una mitología,
te corono de espuma y a mí de espinas,
la tragedia son tus puntos cardinales
al otro lado de la ciudad,
la aventura
una lavadora que tendría que poner
si me dejara la pereza.
A veces me despierto,
no estás,
tengo el pecho abuhardillado,
las ganas soldadas a tus detalles,
pongo el despertador a la hora del regreso de tus viajes,
y me vuelvo a dormir.
miro hacia un lado,
y no estás.
Y te cambio esa mañana
por el aliento que desprendes cuando duermes,
los renglones,
las canciones,
por tu piel de gallina
cuando sales desnuda de la cama a la cocina
y me abres los balcones.
Soy un apóstata de esa ventana al patio de bragas tendidas,
que no me inspira hoy ni ninguno de esos días
de nórdico en primera persona del singular.
Soy creyente de tus piernas extendidas,
de las curvas de las sendas de los bosques que caminas,
del café,
de la arena de los dedos de tus pies
cualquier verano.
A veces simplemente me despierto,
miro al techo porque no estás,
y me invento una mitología,
te corono de espuma y a mí de espinas,
la tragedia son tus puntos cardinales
al otro lado de la ciudad,
la aventura
una lavadora que tendría que poner
si me dejara la pereza.
A veces me despierto,
no estás,
tengo el pecho abuhardillado,
las ganas soldadas a tus detalles,
pongo el despertador a la hora del regreso de tus viajes,
y me vuelvo a dormir.
Dispersiones
Ella es espiral,
cuando hablamos me dispersa,
me coge de la mano en curvas cada vez más abiertas,
y yo,
a veces,
simulo una protesta,
pero no puedo aguantarme la risa.
Ella es espiral,
y me encanta cómo el mundo se aleja de nosotros
mientras ella va creciendo
y me lleva,
y cómo los camareros
desbordan la cerveza cuando me sonríe en la barra,
y me envidian,
y yo me meto en una pecera con ella.
Y cuando me toca
se convierte en huracán,
nos vacía las calles, se traga el tiempo,
nos estira la piel,
y somos niños disfrutando la tormenta,
nos mojamos los tobillos, las muñecas,
y bailamos hasta quedarnos dormidos.
A veces se queda en silencio,
y me mira,
y yo trato de aprenderla,
y pienso que al final
cometí un error fatal
al no estudiar astronomía.
Ella es espiral,
y yo no quiero que se estire,
porque yo,
como Lizano,
odio las líneas rectas.
cuando hablamos me dispersa,
me coge de la mano en curvas cada vez más abiertas,
y yo,
a veces,
simulo una protesta,
pero no puedo aguantarme la risa.
Ella es espiral,
y me encanta cómo el mundo se aleja de nosotros
mientras ella va creciendo
y me lleva,
y cómo los camareros
desbordan la cerveza cuando me sonríe en la barra,
y me envidian,
y yo me meto en una pecera con ella.
Y cuando me toca
se convierte en huracán,
nos vacía las calles, se traga el tiempo,
nos estira la piel,
y somos niños disfrutando la tormenta,
nos mojamos los tobillos, las muñecas,
y bailamos hasta quedarnos dormidos.
A veces se queda en silencio,
y me mira,
y yo trato de aprenderla,
y pienso que al final
cometí un error fatal
al no estudiar astronomía.
Ella es espiral,
y yo no quiero que se estire,
porque yo,
como Lizano,
odio las líneas rectas.
miércoles, 18 de marzo de 2015
Canciones
Te me despierta una canción que vuelve del exilio,
mientras trabajo,
sin llamar a la puerta,
hambrienta,
sacudiéndose el polvo de las mangas de los kilómetros de la chaqueta,
sin emitir nota cortés de preaviso.
Te desperezas con ojos de niña,
despeinada,
cubierta de sábanas,
y yo desestimo la importancia del sueldo para salir a fumar un cigarro, secarme al sol las ganas de tu boca, y calentar la sangre fría que me sobra esta mañana para no mandarlo todo a la mierda,
ir a buscarte a la salida de clase, y ensuciar los parques de Madrid a revolcones por la hierba,
con el único fin
de sembrarte el ombligo de pecados,
y tatuarte la dirección
de los callejones menos transitados de la ciudad
para masticarnos en los portales,
porque te tengo hambre
y porque se me muere de impaciencia el cariño.
Ahora tengo que volver a entrar...
Esta noche nos follamos la rutina.
mientras trabajo,
sin llamar a la puerta,
hambrienta,
sacudiéndose el polvo de las mangas de los kilómetros de la chaqueta,
sin emitir nota cortés de preaviso.
Te desperezas con ojos de niña,
despeinada,
cubierta de sábanas,
y yo desestimo la importancia del sueldo para salir a fumar un cigarro, secarme al sol las ganas de tu boca, y calentar la sangre fría que me sobra esta mañana para no mandarlo todo a la mierda,
ir a buscarte a la salida de clase, y ensuciar los parques de Madrid a revolcones por la hierba,
con el único fin
de sembrarte el ombligo de pecados,
y tatuarte la dirección
de los callejones menos transitados de la ciudad
para masticarnos en los portales,
porque te tengo hambre
y porque se me muere de impaciencia el cariño.
Ahora tengo que volver a entrar...
Esta noche nos follamos la rutina.
lunes, 16 de marzo de 2015
Pasado al vacío
Tú no lo sabes, pero son las cuatro, acabo de despertarme en el sillón, y en la teletienda anunciaban un envasador al vacío con el que la carne aguanta tres años en el congelador... tres años.
Y yo me pregunto quién coño quiere alimentarse de carne del pasado. Quién sería capaz de congelar tus curvas, tus cambios de rasante, la frontera del lóbulo desnudo de tu oreja izquierda, tus pupilas.
Tú no lo sabes, pero la gata me ha saltado al pecho para medirme el pulso, preocupada, y le he tenido que tranquilizar. La he explicado, con mucha calma, que esa arritmia ligera, simplemente, me la ha provocado imaginarte, a ti, guardada para consumirte después, troceada en el supermercado en lugar de a palabras, debajo de mis sábanas, después del sudor y las caricias.
Y lo cierto es que me he desvelado,
ahora hay silencio,
mañana trabajo,
te he echado un poco de menos,
y he odiado con delicadeza tus exámenes
porque esta madrugada todo me sale despacio.
No te lo he dicho, pero en el recital de hoy han hablado de ti. Sin saberlo, claro, con matices, cambiando algunos colores... pero yo me he dado cuenta.
Luego he caminado por Madrid el último repecho del invierno, pasando frío porque me he equivocado de chaqueta, despidiéndome de la tristeza en dirección contraria, saltándome semáforos.
Y un tipo me ha preguntado por el Templo de Debod en pleno Paseo del Prado,
cuando lo que me apetecía era hablarle de ti,
sin matices,
sin cambiar ninguno de los colores...
A mí la carne me gusta con piel,
y tuya,
y en presente,
desvestida de tus vestidos.
Y yo me pregunto quién coño quiere alimentarse de carne del pasado. Quién sería capaz de congelar tus curvas, tus cambios de rasante, la frontera del lóbulo desnudo de tu oreja izquierda, tus pupilas.
Tú no lo sabes, pero la gata me ha saltado al pecho para medirme el pulso, preocupada, y le he tenido que tranquilizar. La he explicado, con mucha calma, que esa arritmia ligera, simplemente, me la ha provocado imaginarte, a ti, guardada para consumirte después, troceada en el supermercado en lugar de a palabras, debajo de mis sábanas, después del sudor y las caricias.
Y lo cierto es que me he desvelado,
ahora hay silencio,
mañana trabajo,
te he echado un poco de menos,
y he odiado con delicadeza tus exámenes
porque esta madrugada todo me sale despacio.
No te lo he dicho, pero en el recital de hoy han hablado de ti. Sin saberlo, claro, con matices, cambiando algunos colores... pero yo me he dado cuenta.
Luego he caminado por Madrid el último repecho del invierno, pasando frío porque me he equivocado de chaqueta, despidiéndome de la tristeza en dirección contraria, saltándome semáforos.
Y un tipo me ha preguntado por el Templo de Debod en pleno Paseo del Prado,
cuando lo que me apetecía era hablarle de ti,
sin matices,
sin cambiar ninguno de los colores...
A mí la carne me gusta con piel,
y tuya,
y en presente,
desvestida de tus vestidos.
domingo, 15 de marzo de 2015
receta desprendida de una página de viernes
añade una sonrisa circular
y una taza de vértigo sobre el parquet,
olor a lluvia de finales de julio
al sudeste de la lengua.
suma una rebelión de velas en el pecho
durante el apagón,
o de latidos
después de la sala de espera,
elige la versión que te suene más poética.
pero no te olvides,
desde luego,
la tierra
el pan
las raíces,
una trenza de deseo rodeando la cintura,
y un orgasmo de fiebre.
pies desnudos
al filo del acantilado,
y hasta un susurro de sexo
y una taza de vértigo sobre el parquet,
olor a lluvia de finales de julio
al sudeste de la lengua.
suma una rebelión de velas en el pecho
durante el apagón,
o de latidos
después de la sala de espera,
elige la versión que te suene más poética.
pero no te olvides,
desde luego,
la tierra
el pan
las raíces,
una trenza de deseo rodeando la cintura,
y un orgasmo de fiebre.
pies desnudos
al filo del acantilado,
y hasta un susurro de sexo
susurrado.
después
mézclalo
muy despacio
con mi madrugada...
así saben tus labios
después
mézclalo
muy despacio
con mi madrugada...
así saben tus labios
viernes, 13 de marzo de 2015
la ropa que te quitabas
puedes exigirme delitos de autor,
pienso pagarlos,
admitiré mi responsabilidad,
he mentido en honor a la verdad,
no del todo,
pero he mentido.
me he inventado noches contigo,
las he vestido con la ropa que te quitabas,
las he alargado
como la distancia entre veintinueves de febrero,
como las calles vacías en azul,
ligeramente amargo,
cuando te espero.
te he recorrido más en mundos paralelos,
he rellenado los huecos,
pero es comprensible,
no soporto querer con eco,
ni desear
una playa al otro lado del mar,
si he de hacerlo solo.
así que reconozco la cordura de todos mis inventos,
la necesidad,
la insolencia de los niños desdichados.
pero ahora,
no considero rechazar el castigo,
quiero represalias,
ahora,
haz lo que sea justo que hagas conmigo,
incluso quedarte a dormir,
incluso quedarte.
pienso pagarlos,
admitiré mi responsabilidad,
he mentido en honor a la verdad,
no del todo,
pero he mentido.
me he inventado noches contigo,
las he vestido con la ropa que te quitabas,
las he alargado
como la distancia entre veintinueves de febrero,
como las calles vacías en azul,
ligeramente amargo,
cuando te espero.
te he recorrido más en mundos paralelos,
he rellenado los huecos,
pero es comprensible,
no soporto querer con eco,
ni desear
una playa al otro lado del mar,
si he de hacerlo solo.
así que reconozco la cordura de todos mis inventos,
la necesidad,
la insolencia de los niños desdichados.
pero ahora,
no considero rechazar el castigo,
quiero represalias,
ahora,
haz lo que sea justo que hagas conmigo,
incluso quedarte a dormir,
incluso quedarte.
Que me perdonen
No sé si te he dicho alguna vez que odio las conversaciones por pantalla.
Que me perdonen los escritores, pero las letras de papel están afónicas, calladas. Que sí, que está muy bien, que aprendemos palabras, que nos metemos dentro de otros, otros que alguien ha construido a base de fragmentos de gente que existe, o de sí mismo.
Pero faltan miradas.
El otro día una chica leía en el metro "La muerte en Venecia". No te lo he contado, pero al final yo también lo leí hace un par de meses. En realidad lo leí dos veces, la mía y la de la imagen de tus ojos por las mismas páginas, como si el libro no fuese un libro sino la vara mágica del caduceo, y nuestros pares de ojos no fueran ojos, sino las serpientes enroscadas.
Perdona... siempre me pierdo en divagaciones cuando lo que quiero decir es otra cosa.
Lo que quiero decir es que enfrente de aquella chica del metro, que se bajó en Tirso, un tipo leía "De profundis", y a mí me dio por preguntarme qué coño pasaría si levantasen la cabeza. Que sí, que el amor encuadernado, el sincero, está muy bien, pero que las mejores historias son las que todavía no han sido contadas, y tienen el lomo y las cubiertas de piel, pero de ésa que suda, se quema al sol, se ruboriza con un roce de los dedos,
una caricia,
o incluso con una palabra si viene de la garganta.
Y de pronto el vagón se convirtió en una biblioteca de historias que no existen,
como todas.
Odio las conversaciones por pantalla porque están afónicas, calladas, les faltan miradas, y lenguas, y callejones. Y les faltas tú en todas las ocasiones, no entera, claro... pero les faltas.
Te cambio todos mis renglones por tu forma de caminar,
unos cuantos de mis versos por uno solo de tus reversos, los oscuros, los de verdad,
mi voz amordazada en los mensajes escritos
por el cuerpo subyacente a tus vestidos.
Te cambio los registros registrados de mis confesiones por un jodido segundo a tu lado,
por todo lo que falta por contar.
Que me perdonen los escritores, pero las letras de papel están afónicas, calladas. Que sí, que está muy bien, que aprendemos palabras, que nos metemos dentro de otros, otros que alguien ha construido a base de fragmentos de gente que existe, o de sí mismo.
Pero faltan miradas.
El otro día una chica leía en el metro "La muerte en Venecia". No te lo he contado, pero al final yo también lo leí hace un par de meses. En realidad lo leí dos veces, la mía y la de la imagen de tus ojos por las mismas páginas, como si el libro no fuese un libro sino la vara mágica del caduceo, y nuestros pares de ojos no fueran ojos, sino las serpientes enroscadas.
Perdona... siempre me pierdo en divagaciones cuando lo que quiero decir es otra cosa.
Lo que quiero decir es que enfrente de aquella chica del metro, que se bajó en Tirso, un tipo leía "De profundis", y a mí me dio por preguntarme qué coño pasaría si levantasen la cabeza. Que sí, que el amor encuadernado, el sincero, está muy bien, pero que las mejores historias son las que todavía no han sido contadas, y tienen el lomo y las cubiertas de piel, pero de ésa que suda, se quema al sol, se ruboriza con un roce de los dedos,
una caricia,
o incluso con una palabra si viene de la garganta.
Y de pronto el vagón se convirtió en una biblioteca de historias que no existen,
como todas.
Odio las conversaciones por pantalla porque están afónicas, calladas, les faltan miradas, y lenguas, y callejones. Y les faltas tú en todas las ocasiones, no entera, claro... pero les faltas.
Te cambio todos mis renglones por tu forma de caminar,
unos cuantos de mis versos por uno solo de tus reversos, los oscuros, los de verdad,
mi voz amordazada en los mensajes escritos
por el cuerpo subyacente a tus vestidos.
Te cambio los registros registrados de mis confesiones por un jodido segundo a tu lado,
por todo lo que falta por contar.
miércoles, 11 de marzo de 2015
El miedo a volar
El miedo a volar se pierde saltando al vacío,
sacándose las botas mordiéndose las bocas,
rozándose labios y abrigos por los pasillos de tren,
sin billete de vuelta,
en pleno marzo,
en pleno marzo,
hacia estaciones con frío.
El miedo al calor se pierde sin ropa,
se deja dormido a los pies de este colchón,
también al lado de esa copa
desaguada con tormenta,
triste
cuando le robo el hielo de jugar
a dibujarte el ombligo.
El miedo a latir se pierde latiendo conmigo,
el miedo a los mañanas se queda en las esquinas de Madrid,
en las cortinas
cosidas con la piel de los martes
esperando en la puerta de embarque,
abandonado.
La soledad por la espalda es un recuerdo,
un mendigo un agüacero un cadáver de cuerpo entero,
cuando me invento el camino
que va de tu hombro izquierdo hacia el destino
bajándote por el costado.
El miedo a nosotros no se cura en hospitales,
sólo tiene un tratamiento...
deshacernos las agendas,
las paredes,
los finales
y que accedas a la firma del suspenso
de los puntos suspensivos.
se deja dormido a los pies de este colchón,
también al lado de esa copa
desaguada con tormenta,
triste
cuando le robo el hielo de jugar
a dibujarte el ombligo.
El miedo a latir se pierde latiendo conmigo,
el miedo a los mañanas se queda en las esquinas de Madrid,
en las cortinas
cosidas con la piel de los martes
esperando en la puerta de embarque,
abandonado.
La soledad por la espalda es un recuerdo,
un mendigo un agüacero un cadáver de cuerpo entero,
cuando me invento el camino
que va de tu hombro izquierdo hacia el destino
bajándote por el costado.
El miedo a nosotros no se cura en hospitales,
sólo tiene un tratamiento...
deshacernos las agendas,
las paredes,
los finales
y que accedas a la firma del suspenso
de los puntos suspensivos.
martes, 10 de marzo de 2015
Un lunar en la mejilla
Ella es una trampa para todas mis miradas,
y se da cuenta.
También es la razón
por la que cruzarse con un sábado cualquiera,
el motivo
para quitarle los guantes al invierno
dos semanas antes de primavera.
Tiene un lunar en la mejilla
que deberían venerar los hipsters de museo,
no sé... en el Reina Sofía,
que supieran de una maldita vez
dónde se expone la vida.
Tiene dos hombros,
casi veinticinco sonrisas,
y una mente con tendencia a la entropía
por la que a veces me pierdo sin ninguna intención
de encontrar la salida.
También tiene vestidos donde enterrar las cuarentenas,
libros,
un cepillo de dientes,
y, desnudando la piel,
un alma con caderas,
un alma
que a veces me enseña.
Después la recoge
porque aún le da miedo,
porque no sabe todavía
que a mí,
lo que me gusta acariciarle
son las alas rotas.
y se da cuenta.
También es la razón
por la que cruzarse con un sábado cualquiera,
el motivo
para quitarle los guantes al invierno
dos semanas antes de primavera.
Tiene un lunar en la mejilla
que deberían venerar los hipsters de museo,
no sé... en el Reina Sofía,
que supieran de una maldita vez
dónde se expone la vida.
Tiene dos hombros,
casi veinticinco sonrisas,
y una mente con tendencia a la entropía
por la que a veces me pierdo sin ninguna intención
de encontrar la salida.
También tiene vestidos donde enterrar las cuarentenas,
libros,
un cepillo de dientes,
y, desnudando la piel,
un alma con caderas,
un alma
que a veces me enseña.
Después la recoge
porque aún le da miedo,
porque no sabe todavía
que a mí,
lo que me gusta acariciarle
son las alas rotas.
viernes, 6 de marzo de 2015
travesía del deshielo
yo observaba el mar
desde la popa de una embarcación en llamas,
tan azul oscuro,
tan salado como el licor del sexo perdido,
tan saldado
como las sábanas limpias en el tendedero.
recuerdo las dudas
entre arder y nadar,
recuerdo
las líneas de las yemas temblorosas,
la tinta
en regueros ebrios de final y de bares
desbordándome el costado izquierdo.
lo recuerdo.
y la madrugada bailando las notas de la cerveza,
y el papel de liar el costo de una carta
que todavía venden en algunas gasolineras.
y empezar un diario sin llave de secreto
cada dos y trece
cada madrugada.
no eras tú,
eran ellas.
y también era yo.
era yo sin el desván donde guardas mis desvaríos,
era yo sin tus bolsillos,
sin tus sueños de Alicia,
sin gato
y sin sombrero.
era yo sin esta travesía del deshielo,
congelado
en la sala de invierno de cualquier aeropuerto
de vuelos cancelados.
no lo entiendas mal,
no digo que seas mía,
quizá en parte nada más,
quizá
ésa a la que pido el rescate del secuestro de la vida
cuando salgo del trabajo,
y enciendo un cigarrillo,
y bajo la calle camino a casa
sacudiendo la rutina del jersey,
habiéndome perdido tres cuartos del cielo de Madrid
que no me perdona un jodido atardecer.
y ahora que mi musa sigue bebiendo Mahou,
y sigue sonriendo como nadie en las fotos,
y sigue quedándole mejor que a nadie
mi boina gris de aquella tienda escondida de Lisboa,
ahora
que sigue siendo tú,
conmigo o sin mí por las aceras,
no voy a poner riendas a los pechos,
ni cerraduras a los dormitorios.
pero firmo el seis de marzo sin notario
que dormiré
sonriendo a solas con tu silencio,
o contigo
a gritos de mañana.
martes, 3 de marzo de 2015
Condena
Puedo condenarte,
esconderte los días bajo la alfombra,
los que anochecen desquiciados de tedio,
puedo,
si me dejas,
encender los radiadores,
dormir contigo sin sábanas,
sin ropa,
sin mañana,
y mañana
hacerle una foto a lo que quede de las velas,
contarte los dedos en la ducha
y que sumen más de diez,
(d)escribirte los recuerdos por la espalda
con los restos del champú,
coserte el pelo a mis paredes,
y que quieras volver,
y vuelvas.
Puedo condenarte a mis licencias,
enseñarte un ático con vistas a la luna,
y a tus piernas,
y a tus ojos de sonrisa,
y a veces,
sólo a veces,
a alguna lágrima,
porque, coño,
algo tiene que doler.
Puedo condenarte a orgasmos en papel,
y en carne,
y en huesos.
y en ausencias negociadas al deseo
los lunes por la tarde,
a eso de las seis.
A vivir,
a querer con sangre y con palabras y con piel,
a la arritmia itinerante del deshielo
de los corazones congelados por el miedo.
Puedo condenarte a mi pecho,
mis arrugas,
mi nostalgia,
mi nosotros sin los otros
como por arte de magia.
Y también,
claro,
también puedes salvarte.
esconderte los días bajo la alfombra,
los que anochecen desquiciados de tedio,
puedo,
si me dejas,
encender los radiadores,
dormir contigo sin sábanas,
sin ropa,
sin mañana,
y mañana
hacerle una foto a lo que quede de las velas,
contarte los dedos en la ducha
y que sumen más de diez,
(d)escribirte los recuerdos por la espalda
con los restos del champú,
coserte el pelo a mis paredes,
y que quieras volver,
y vuelvas.
Puedo condenarte a mis licencias,
enseñarte un ático con vistas a la luna,
y a tus piernas,
y a tus ojos de sonrisa,
y a veces,
sólo a veces,
a alguna lágrima,
porque, coño,
algo tiene que doler.
Puedo condenarte a orgasmos en papel,
y en carne,
y en huesos.
y en ausencias negociadas al deseo
los lunes por la tarde,
a eso de las seis.
A vivir,
a querer con sangre y con palabras y con piel,
a la arritmia itinerante del deshielo
de los corazones congelados por el miedo.
Puedo condenarte a mi pecho,
mis arrugas,
mi nostalgia,
mi nosotros sin los otros
como por arte de magia.
Y también,
claro,
también puedes salvarte.