Pero también estás aquí.
Como si hoy no te necesitase otra vez en carne y huesos, qué insensatez. Y cuando me he sentado a escribir esta mañana, el final ha sido diferente. Quiero decir que todo ha comenzado como de costumbre, una náusea insoportable que nace en el estómago, los pulmones, la garganta... que confunde el papel o la pantalla con un baño de gasolinera donde no importa demasiado lo que te dejes. El momento del vómito es el más doloroso, el segundo en que la arcada te hace perder el control y convulsionas sin poder evitarlo. Duele, es desagradable.
Todo eso ha sido igual.
Lo que ocurre después es que sigues enfermo pero aliviado, que te lavas la cara y continúas conduciendo, y la cura te llega hasta la siguiente indigestión de vacío, la siguiente curva cerrada. Es lo normal, la sintomatología típica que acompaña al no saber dónde estás.
Pero hoy no.
Hoy te siento cerca, explícame eso. Como si esta noche el mensaje no necesitase botella para escapar de la isla. Estás leyendo por encima de mi hombro, corrigiéndome las comas, alejándome el punto final. Hoy te ha crecido la crueldad de estar presente sin ensuciarme el edredón, sin tacto, sin sabor, sin sexo, como si ahora que me he mudado recorrieses la ciudad buscándome por los portales...
Como si yo pudiera saberlo.



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