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viernes, 2 de enero de 2015

La respuesta

Siempre que me preguntan por qué,  por qué ella y no otra,  por qué me empeño en gritar más alto que nadie y en seguir describiéndola después de un libro entero, por qué, después de todo, sigo odiando los safaris de local y ron con lima... siempre que lo hacen... les digo que soy un converso del amor a primera hostia.

Pero del de verdad.

Hace años que me dejé los cuentos de hadas borrachos en el césped de Moncloa, se me murieron de frío, durmiendo en el coche, en la curva del Parque del Oeste justo antes de las putas. Los enterré en Madrid con aguacero y sin Vallejo todavía. Y ahora, mis princesas siguen siendo rubias, pero ella, además, lleva un arma cargada de preguntas y miedos y cicatrices. Y a veces yo tengo la respuesta. 

Y aunque yo no sea su él, y pueda acabar siendo un príncipe lisiado de lágrima fácil, adicto a las cervezas de reparar el mundo y a los rones de que se joda, propenso a las vomitonas verbales sobre las servilletas, aunque me esté quedando calvo y ni a los dieciocho mi querida Audrey se hubiese apuntado a venir a la cama conmigo... 

A pesar de todo eso... de que me da miedo abrir los ojos bajo el agua y ella sabe bucear, de que las calles que no pisa conmigo me arden y ahora son todas, me vais a permitir que tenga la indecencia de plantarme delante de vosotros y seguir recitándole mis jodidos poemas. 

Porque soy un converso del amor a primera hostia y no tengo vergüenza, ni más respeto a la verdad que deseo a todas sus mierdas. Porque prefiero acostarme abrazado a la sombra de una muñeca cosida, a hundirme en las historias de domingo en el salón. 

Porque,

de verdad,

no sé usar más que las palabras. 

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