las gargantas en cartulina,
un colgajo preñado
en el catre sucio de la rabia.
Y la enorme sensatez
de tu cobardía
y el tacto que se me escurre
y el azufre.
Llegó
como a tu altar el lamento
de los incrédulos, de los seglares
que parten el pan, la madrugada,
la soledad
con cerveza fría.



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