Afilado reclamo, la noche.
La multitud en silencio,
adormecida de espanto.
Me arrodillo
ante su desaparición.
No hay clamor,
no hay voceros en las callejas.
Un respirar leve de viento, solamente,
sajado por las cornisas
y el húmedo ritual
del lamido de mis gatos
limpiándose de nosotros.
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