Existe una miseria
en cada llegada a casa,
un rumor tísico
de derrota.
No basta
la presencia de la ciudad
ni el estar de sus habitantes.
Les veo pasar
y me veo,
después,
sacándome los calcetines
o la inmundicia de lo caminado
antes de abrirme una cerveza.
Me sorprendo a ratos medio dormido
en los vagones del tren del que bajé.
Y me cuelgan, también, los pies
desde estas barandas rectas de apeadero
donde espero una presencia,
sentado,
la mía, quizá,
la que huyó tras el descalabro,
la que se acusa de haber sido
alguna vez
y te persigue.
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