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martes, 15 de mayo de 2018

Colegios

Fue un sacerdote italiano
el primero que me confesó.

Ante la divina incomparecencia de su Dios,
que también era el mío
por entonces,
nos sentamos en un banco de la capilla.

Nueve años.

Nunca estuve tan limpio
después,
aún no me había masturbado,
no cargaba la soledad del destierro,
creía
en la inmensa pupila clerical
que me observaba,

pero aún
no había castigado a mis amigos
con la ausencia
ni tirado piedras a los coches
ni disparado a las lagartijas del muro gris
de la parcela
ni había llorado por un cuerpo completo
o por la tela rota de la muerte.

Nueve años.

¿De qué se puede acusar un crío
si no es de vida?

Pero yo no lo sabía.

Recé mi penitencia por las palabrotas
y salí al patio.

Me sentía
enormemente ligero.


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