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sábado, 14 de abril de 2018

Pacientes

Mis gatos conocen mis pasos.
Cuando apoyo el talón
en el primer escalón del bajo,
se colocan.

Ya arriba, abro la puerta y están,
esperando,
como un estrago en la niebla.
Noto la casa caliente,
como si fueran de hoguera
y no de gato,
sus pequeños pies.

Mis gatos conocen mis pasos
pero no de dónde vienen.

Nada saben de los almendros
ni del oasis tranquilo,
deshabitado,
en el que montaba en bicicleta.

No pueden recordar, desde luego,
mi balón de pentágonos rojos
ni el primer día de universidad
ni el agua que cubre, embalsada,
parte de la fraga de Cecebre.

Nunca me han preguntado
por los otros lugares 
a los que pertenezco.

Pero conocen mis pasos y están
detrás de la puerta.
Pequeños seres
que arrinconan la soledad.

Ya no puedo cruzar el umbral
sin preguntarme
si no merecen ser libres.




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