Sentado en el balcón,
aún espero recibir una carta que me expíe,
una breve nota, quizá,
que me entregue al pasar
uno de los anticuarios de la calle.
Les miro de reojo
de vuelta de la panadería,
estudio sus manos,
sus gestos,
pero siguen lijando los muebles en las aceras
y yo huelo el barniz
como un vapor de pasado.
Fumando en el balcón,
sobre esta calle abandonada por el recuerdo,
a ratos soy consciente
de lo absurdo del tiempo,
de la espera.
Porque sé que tú,
con tu cuerpo de balsa de madera,
jamás supiste
dónde habito.
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