Nos asomamos,
aquella noche,
a la Casa del Libro de Fuencarral,
ligeramente borrachos
y con sonrisa de gilipollas.
Buscábamos nuestros nombres,
con las manos de visera,
a través del escaparate.
En algún lugar
guardo la nota de las cervezas.
Nos habían echado del bar,
y fuimos,
aquella noche.
Después, aguijones
como un abrazo de lo inevitable.
Viéndonos ser,
quién iba a decir que hoy,
como aquella noche,
vestiríamos de gala mi derrota.
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