Mi cuerpo desnudo tiene cuarenta años.
Lo visto
como si pudiera ocultar
la remesa de juguetes gastados.
Y ahí camina
orgulloso de la vestimenta,
ignorante de la afrenta
que, más allá,
lo ensucia.
Mi cuerpo desnudo tiene ya cuarenta años,
ya pasó
la efervescencia,
la piel tersa como de tambor,
la tragedia.
Ya se cruzó la frontera
y aún no se escanció el vino
de la mejor cosecha.
Queda el frío de los huesos,
la visita nocturna de la inapetencia
y un vacío mítico y brutal.
Soy más que era,
es cierto,
soy más que edad,
que periplo.
Una estirpe de soledad primigenia
se tumba a mi lado,
cada noche.
No importa el cuerpo que me acompañe,
camino con mis pies,
no con otros.
No existe paz en la vereda
cuando se agotan las fuerzas,
la muerte te va de frente,
como una maraña de hormigas
dispuestas a devorar.
Encontraré la guerra
en las victorias ausentes,
en los soldados dementes,
en el ser
y nada más.
Dichosos los residentes de la escoria,
de la rendición,
de la marea marchita
que no maneja las piedras.
Dichosos
todos los muertos
sin revolución.
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