El Caos del mundo
se quedó en el filo
de aquel vaso de cerveza,
en la terraza oscura de invierno,
en el polvo del abrigo.
Y llegó la calma de peregrino tendido,
del catre que da cobijo en el páramo.
Un espejismo autoritario y caduco.
Una mentira.
Pero, por un instante, se aceleró el tiempo,
la terca rotación cambió de rumbo.
Estuvimos.
Fuimos,
sentados en aquella silla,
los únicos habitantes de la pecera de cristal
de la existencia.
Luego,
desapareció.
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