Se me destripa el vientre
como un cañón bajo el glaciar,
congelado de años,
cuando te me apareces.
Esperas
mi guardia baja,
mis puños
a la altura de la cadera,
mis antebrazos
impolutos.
Y ahí llega aquel invierno
y el mechón
y el pelo completo, la cabellera,
y los pasos
con eco de memoria,
como si Madrid fuese una caverna,
un desfiladero.
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