domingo, 24 de septiembre de 2017

24 de septiembre

Es lícito llorar,
a veces,
como un niño.

Hacer la colada de ese hematoma turbio
que cubre el cuerpo,
de esa manta en escarlata y restos,
de ese sudario roído,

cambiar las sábanas,
ventilar agravios 
con un antiséptico
para roturas.

Es tan lícito el llanto
como la tormenta,
como el invierno,
como el grito.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Homo machina

Mi exterior es mecánico,
como la gula de los patíbulos
o la avaricia del cazador.

Me alojo en el interior
de mi vaina de carne
y, cuando sudo,
ella compone sus gotas con poleas, 
con cadenas minúsculas,
infinitesimales,

metálicas.

Es una vertiginosa tarea
la de la apariencia.

Ahí fuera,
en el corazón de la industria 
del ser cuerpo también, 
sólo existe ruido y fundición.

Mi exterior me impide el sueño
con su chirriar de vagonetas
transportando el mineral
que me sale de los pulmones.

Soy una fábrica perfecta
incapaz de dormir.

Quisiera mudarme,
dejar la celda, 
la galería, 
el penal,

ceder al exilio,

pero lo temo,
como al territorio
o a la mira de los fusiles
o a las voces de los atriles,

como al descanso 

del traidor.




sábado, 9 de septiembre de 2017

Regates espirituales de un viaje en suburbano

Soy pasto de la inapetencia,
de la inmovilidad física,
del calvario sináptico.

Diría, incluso,
que de un atisbo de ignorancia 
y de un zarpazo de fe rancia,
de un hueco que me crece
como las uñas.

Y del hormigón
y del chaleco del notario,
de la masa egoísta de las calles,
sin estigmas,
impolutos,
con sus córneas sin detalles.

Soy pasto del hielo,
también del escalofrío,
de esas colillas de Madrid en el invierno
que son yonquis insolentes del rocío.








miércoles, 6 de septiembre de 2017

Calle Bastero

Existe una finísima tela, una bruma, que me desfigura los recuerdos. No aprecio el pasado con nitidez. Temo deformarlo, convertirlo en un yo grotesco perpetrando acciones grotescas. Jamás me recuerdo como un héroe. Aun en las decisiones más intrascendentes, cuando miro atrás, me asemejo al más oscuro de los villanos. Quizá esta penitencia provenga de una vida previa, eliminada de la memoria durante el viaje, como un equipaje arrojado al vacío que aún me marca las manos. Quizá.

Mis sentidos son cada vez más agudos. Esta misma mañana he percibido cada perfume del vagón, cada color apagado, cada sonido. Tres personas sentadas frente a mí. Dos más a mi derecha. Todas mirando una pantalla. Ya nadie observa su reflejo en el espejo negro de las ventanillas. Nadie excepto yo. Todo ha cambiado tanto en veinte años. El cristal me devuelve mi rostro envuelto en la misma bruma. Mis ojos ven, pero cada vez son más pequeños, mi boca, en un acto de rebeldía, ha aumentado de tamaño, dilatada por todo lo que no he dicho.

Tengo miedo de que me rodee la niebla, de licuarme en el presente como lo hago en el pasado, siento, a veces, que tengo respiración de presa. Comando como un general sin estrategia.

Preferiría el silencio,
la degradación de lo banal,
la respuesta.
Con la tecnología de Blogger.