Cuando escribía,
unos dedos de fantasma,
casi licuados,
ascendían mi garganta.
La pena infinita,
esférica,
rebotaba en el parquet
como una perla opaca y adúltera
con semilla de accidente.
Las palabras se pudrieron,
marchitas e impacientes,
al rozar el papel.
Cuando escribí,
me sentaba con la espalda torcida,
con la memoria ausente,
con los húmeros crispados,
con la sombra de un jaguar,
y tuve nostalgia de muerte,
de esa muerte en espiral.
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