Enterradme boca abajo,
dejad que las raíces
reclamen el pago de su deuda,
dejadme
cara a cara con la sombra.
Dejadme.
Que las hormigas devoren
la carne que les pertenece.
Así ha de ser.
Si hay dolor,
si hay lágrimas,
que sirvan para alimentarme
como el saco de monedas
a la avaricia del traidor.
Renegué de la tierra
como un niño del padre.
Yo detuve la caída con los dientes,
yo sangré mi sangre
con marfil.
Dejadme.
Entregadme el retorno a la piedra,
su mirada de ojos grises y curvos,
su torso de arista,
el filo
de lo inerte.
Entregadme a mi madre contra el pecho,
húmeda de asombro y gratitud
ante el hijo que regresa.
Dos velas y un incienso
a vuestros dioses,
al mío el cuerpo
y el abismo.
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