Cada noche,
con pulcritud de escriba,
mis huesos,
quebradizos como de espina,
me dejan salir.
Hoy he visto leones blancos
y, en su lomo,
ligeras gotas de sangre,
huellas del rito del hambre,
minúsculos universos
rojo inerte.
Pastoreaban,
efigies del poder inmóvil,
una recua de caballos,
tan de carne,
tan lejos de mí,
que casi impedía tocarlos.
Al despertar,
un hombre de armadura y lanza,
en estricto silencio castrense,
custodiaba mi lado de la cama.
Había miedo en la ventana,
un aullido tenaz.
Cada mañana,
con pulcritud de escriba,
la puerta de casa,
chirriante como de vida,
me deja salir.
No contaba hoy con el frío
ni las sombras
ni el febrero
de la nieve sucia y ausente,
la misma que siempre miente,
siempre,
siempre...
en Madrid.
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