El insomne siempre encuentra su lamento,
la coartada en el silencio,
en la noche.
¡Qué oscuro vómito de arcanos!
¿Quién se atreve a clavarle las manos?
¿Quién empuña esa náusea
de la punta de la hoja en el costado?
El insomne reza siempre arrodillado en el parquet,
con el pecho en su enrejado y un ladrón a cada lado,
siete velas
y la ausencia pertinaz de Magdalenas.
Solitario mártir de la vida y las cadenas,
tomando al asalto el alcohol
que se escarcha en la nevera.
El camino
no transita las aceras ni se desnuda
con la yema de los dedos de cualquiera…
es un fantasma,
como el calor,
como las sábanas.
El insomne
es tan viejo como el tiempo,
como el grano de la arena del reloj
de cada maldito momento,
siempre encuentra su lamento,
su cuarto de registro en la aduana
y nadie,
jamás,
lo sabrá por la mañana.