Mi abuela, poco antes de morir, reclinada en el colchón, con las venas del brazo retraídas y una vía cogida en el dorso de la mano para mantenerla entera, un ser minúsculo en la inmensidad de luz de los pasillos, de la monstruosa cama blanca, mi abuela, digo, se quejaba de que el hospital estaba lleno de campesinos. Se refería a los médicos, a los enfermeros, a todo aquel que no fuera capaz de pincharle a la primera y hurgara con su aguja en ese cuerpo vivido y a dos días de la rendición.
Ella que conoció el campo de posguerra, con tierra de posguerra, que arrastraba un carro entre el barro de las calles de aquel pueblo de mierda, de niña, porque, hijo, algo había que hacer, que nunca levantó la voz, que rezaba por todos los que no lo hacíamos, ella, digo, se permitió el lujo de la protesta antes del abismo.
Ella,
mi abuela,
digo,
se lo merecía.