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sábado, 29 de octubre de 2016

Campesinado

Mi abuela, poco antes de morir, reclinada en el colchón, con las venas del brazo retraídas y una vía cogida en el dorso de la mano para mantenerla entera, un ser minúsculo en la inmensidad de luz de los pasillos, de la monstruosa cama blanca, mi abuela, digo, se quejaba de que el hospital estaba lleno de campesinos. Se refería a los médicos, a los enfermeros, a todo aquel que no fuera capaz de pincharle a la primera y hurgara con su aguja en ese cuerpo vivido y a dos días de la rendición. 

Ella que conoció el campo de posguerra, con tierra de posguerra, que arrastraba un carro entre el barro de las calles de aquel pueblo de mierda, de niña, porque, hijo, algo había que hacer, que nunca levantó la voz, que rezaba por todos los que no lo hacíamos, ella, digo, se permitió el lujo de la protesta antes del abismo.

Ella, 

mi abuela, 

digo,


se lo merecía.

viernes, 28 de octubre de 2016

Mala noche

Cuando claudica la luz
y entrega la llave de la ciudadela,
los heraldos de la soledad se reúnen en el techo,

con dedos de araña,

las ocho patas naciendo del pecho.

La noche digiere en su barriga
la senda lineal del tiempo.

Floto en la sombra,
ingrávido cada miembro.

Cuando claudica la luz,
se me llena la boca de insectos,
me sacan la tierra 
cargada en sus diminutos cuerpos.

Se esmeran en mi vacío,
tronco estirado y recto, 
tronco bajo las sábanas,
tronco hueco de árbol hueco.

Como de raíz
se me tronzan algunos huesos.

Cuando claudica la luz,
los heraldos se reúnen en el techo,
me hablan con voz pausada,

me hablan todo

y yo asiento.