Mi sombra se
mueve
a dos centímetros
exactos
de mis pies.
No me toca.
Nos separa una
trinchera,
mínima,
de suelo
iluminado.
Mi sombra y yo
somos polos
opuestos
en un magnetismo
fuera de forma,
por eso
me sigue a todas
partes
pero no se atreve
a rozarme.
Juntos
nos movemos por las
aceras.
Ella oscurece el
cuerpo de los semáforos,
a mi lado,
mientras yo
escucho esas señales,
como de pájaro preso
y metálico,
que salvan a los
ciegos de los atropellos.
Pero no me toca.
Cuando me asomo a
alguna orilla
y la veo ahí,
tumbada,
en el fondo,
me pregunto si mataría por respirar,
porque la separase del lecho
para inflar sus
pulmones de sombra
y sobrevivir.
Mi sombra no me
toca.
Tampoco se muere.
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