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jueves, 10 de marzo de 2016

Terrores nocturnos

Mi sombra se mueve
a dos centímetros exactos
de mis pies.

No me toca.

Nos separa una trinchera,
mínima,
de suelo iluminado.

Mi sombra y yo
somos polos opuestos
en un magnetismo fuera de forma,
por eso
me sigue a todas partes
pero no se atreve a rozarme.

Juntos
nos movemos por las aceras.

Ella oscurece el cuerpo de los semáforos,
a mi lado,
mientras yo escucho esas señales,
como de pájaro preso y metálico,
que salvan a los ciegos de los atropellos.

Pero no me toca.

Cuando me asomo a alguna orilla
y la veo ahí,
tumbada,
en el fondo,
me pregunto si mataría por respirar,
porque la separase del lecho
para inflar sus pulmones de sombra
y sobrevivir.

Mi sombra no me toca.

Tampoco se muere.



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