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viernes, 18 de marzo de 2016

Sin título

El día que me vaya,
mis queridas sombras,
quiero que os ocupéis
de que las larvas se alimenten
de lo poco que quede.

Quiero un epitafio
escrito por un enjambre
de insectos malhumorados
que roan la piedra,
que mis huesos queden limpios,
que se licue cada carretera
que pisé.

El día que me vaya,
inmundas sombras,
quiero una pira con mi ropa
y mis papeles,
que todos sepan que Ítaca jamás
estuvo en los carteles
ni en mi maldita fe
en los cordones de tripa.

Quiero que hagáis guardia,
mis queridas sombras,
cuando me desentrañe sobre la tierra.

Que no me toquen.

Que no me muevan.

Quiero silencio de carne,
el genocidio
de mi olor.

Y después,
agarrarme a cualquier mente viva
que haya olvidado de las sobras
hasta el nombre,

pero nunca,

nunca,


que fui.

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