Oradores de la infamia,
moradores
de la inmunda caverna rutinaria,
habitantes
de las calles de los pasos
de las ratas ignorantes,
os gobierna la mente de un cretino,
¿qué esperáis
de vuestros perezosos
y estúpidos destinos?
¿Una vida tranquila,
agradable,
una hipoteca?
¿Es esa vuestra maloliente meta?
Aniquiláis la inteligencia
con un gramo de ese costo
de rutina pleistocena...
yo cazo,
tú cocinas,
¿dónde servimos la cena?
Y a la vida,
mientras tanto,
la cagáis
y tiráis de la cadena.
¡Se os ha olvidado temblar!
Y las preguntas,
y las tierras de ultramar,
y los ojos ajenos,
y los llantos sin frenos
ni razón.
Y la sangre.
¿Dónde servimos la sangre?
Ya no os acordáis ni del hambre
ni de los dedos...
tenéis miedo...
mucho miedo.
Pienso en los tugurios
y en Miles Davis babeando la trompeta,
pienso en un saxo tenor
y en un sexo mejor
en los suburbios
del alma que nunca pisáis.
Sois muertos de capilla andante,
y yo
os escondo la cara
porque no puedo soportar el mal olor
cuando cruzáis por delante.



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