Seis y cuarenta y dos.
Salgo a fumar un cigarrillo
a la puerta del trabajo.
Un frío inesperado
me recorre la muñeca izquierda,
saco la mano del bolsillo,
la observo,
me doy cuenta de que yo,
amante de las esferas de los relojes desde niño,
hace ya más de dos años
que no llevo atado ninguno.
No existía motivo.
Hasta hoy.
Ahora sé que el tiempo
también se lleva los abrigos.
Sería por estar preparado.
Debería largarme.
Mañana.
Quizá.
No hay comentarios:
Publicar un comentario