Llevo días con los dedos apuntalados,
como una fachada en ruinas
o una ciudad de posguerra.
No me dejan escribir.
Se mueven sobre mi cabeza
como los talones de un ahorcado,
barajan
los cheques que no pago
a todos esos gatillazos del destino
que encontré,
con sus cartillas de racionamiento,
a solas,
hambrientos,
por el camino.
Levo días sin valor
para esperar a pluma gayola los recuerdos nuevos,
para empuñar la pistola con que volarle los huevos
a las hojas,
tan ocres,
tan octubre,
de Madrid.
Audrey fuma con boquilla en la pared,
me susurra mantras
contra los mesías que una vez
abandonaron mi cadáver.
A mí
se me ha olvidado leer las caderas que no caben
en estas cuatro paredes.
Voy,
si no os importa,
a querer quemar desnudos sus rastrojos,
cerrar los malditos ojos
y tratar de dormir.
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