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jueves, 22 de octubre de 2015

Nueve mil seiscientos sesenta y cuatro

Algoritmo: Conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema.


Odio mi puta costumbre de mirar el móvil nada más abrir los ojos, tengo la sensación de cubrirlos de nuevo, nada más despertar, con un velo de absurda paranoia de conexión colectiva 

y fría 

y mentirosa

y enferma

y muerta.

Y las mentes nacidas de las proféticas deposiciones de Orwell, bendito sea, que ahora gobiernan ese ser de inmensos dedos ramificados llamado facebook, llevan una semana recordándome quién era yo hace dos años a base de fotos desproporcionadas y ojerosas.

Y yo no quiero recordar quién era hace dos años.

Hace dos años estabas tú.

Y esos algoritmos que ellos paren sin dolor de hueso combado, no han leído "1984" porque no saben leer

ni respirar

ni beber cerveza en terrazas con abrigos

ni sonreír en fotos desproporcionadas y ojerosas

ni quién coño eres tú ni yo ni el nosotros que a mí me cegaba y tú, ciega, te empeñabas en convertir en un fantasma de mis desvanes.

Pero esta mañana han tenido ayuda. Un nuevo recluta uniformado de algorítmicas operaciones, con alguna medalla al mérito de tocarme los cojones, se ha unido al ejército de Telegram para recordarme, con alevosía, que fueron nueve mil seiscientos sesenta y cuatro mensajes exactamente. 

Todos desde tus dedos, 

todos clandestinos, 

todos con sus chaquetas rojas de tweed, con sus elegantes letras color sangre.

Quizá sea el karma, o la mala suerte, o los estertores de una enfermedad anacrónica del pecho, por el tabaco tal vez... pero esta noche caminaré a ratos por las calles de Madrid, por ciertas esquinas, por bocas de metro que no se pueden construir a combinaciones no aleatorias de ceros y unos... caminaré... y recordaré que esta ciudad guarda cinco millones de muertos en uno solo de sus cementerios, que podrían levantarse de sus pasados con las cuencas llenas de tierra y atravesarnos los pechos con sus tibias, porque son más que nosotros...

pero no quiero ser uno de ellos.

Por mucho que esos conjuntos ordenados y finitos de operaciones que permiten hallar la solución de un problema, que sus tercos demiurgos, se empeñen,

yo...

yo no quiero ser cadáver,

por si las moscas.








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