Vosotros
coleccionistas de ofertas en bragas,
cazadores con reclamo,
verso a verso y mano a mano,
¿qué coño sabéis de llagas?
Sonriendo con soltura
sobre cada sepultura
de los sueños que ensuciáis,
¿venís a darme lecciones
tercio a tercio de cerveza,
subiéndoos los pantalones,
sobre lo que es la nobleza
del vacío,
de la espera?
Vosotras
plañideras de las desdichas que relatáis con descaro,
pobres princesas de almena,
¿qué coño sabéis de la pena?
¿No se os hace algo raro repartir cornamentas
usando esas mismas bocas
que a los cuatro vientos aventan
el dolor?
Vuestras camas son Gran Vía
si no hay papel ni escenario
y tenéis la desvergüenza,
pontificando a diario,
de morderme la paciencia
con mil duelos y quebrantos.
¿A qué coño lloráis noches frías?
Sería mucho más honesto
banderóforas del honor y el carpe diem,
reyes de miembros enhiestos,
que contaseis la verdad.
Bastante más respetable
que usar las lenguas en balde.
Yo os aplaudo,
lo juro.
Y me permito,
insensato,
lanzar un pequeño reto,
escribid sobre vosotros y vuestras picas en Flandes,
sobre sábanas gastadas por medio millar glandes,
quedará algún seguidor por esas redes,
lo prometo,
y además,
aun sabiendo que no es nada,
mi más profundo respeto.
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