viernes, 23 de octubre de 2015

Tribulaciones del locuaz Nadie

Nadie 
cierra el portal
entre quejidos de madera
y con un corte sincero de mangas
deja
vuestro estúpido mundo ahí fuera.

Ya es octubre en el ascensor
y arriba
los fantasmas ni se abrigan,
simplemente
encienden la calefacción
y pasean desnudos
su ectoplasma transparente.

Él nunca encierra con llave,
¿por qué?,
a tan ilustres e indecentes
habitantes del parquet.

¡Buenas noches don Nadie!
Ya son casi las diez.
Ten a bien informarnos, 
joder,
cuando vas a llegar tarde
y si es posible,
carajo, 
qué te apetece comer.

¿Cómo vas de la pubalgia?
Sabes que para dormir la carne
es la hostia la nostalgia.

Hay que reconocerlo,
los cabrones son elegantes,
la sonrisa por delante
y las caries de estraperlo.

¡Buenas noches, queridos!
Se me murió el hambre entre la gente.
Permitidme,
por favor,
abrirme una cerveza.
En un segundo,
me las daré de escritor
y por mis huevos poeta.

"Sodomía medieval
en buhardilla acomplejada."
Así lo voy a llamar,
apenas nada.

Recuerda, 
mi buen amigo,
sin lubricantes ni linimentos,
va a dolerte de verdad,
puedes odiarme si miento.

Lo sé mis queridas sombras,
esta noche os cuento seis
y quiero que me juréis, 
compadres, 
haciendo una rima fácil,
que si tanto he de llorar,
va a quedar de puta madre.

Nadie se sienta 
sobre un vibrador vibrante
y se lleva por delante 
esfínteres de angustia y miedo.

Llora a ratos, 
o se lava las manos
como contaban los curas
del cabrón de Pilatos.

Y así transcurre la noche
en estricta hemorragia interna.

Pero Nadie se siente feliz.

Supongamos

que mereció la pena.





















A algunos poetas vírgenes de anhelo, por si olvidan la mentira. (Maldita fe)

Vosotros

coleccionistas de ofertas en bragas,
cazadores con reclamo,
verso a verso y mano a mano,
¿qué coño sabéis de llagas?

Sonriendo con soltura
sobre cada sepultura 
de los sueños que ensuciáis,
¿venís a darme lecciones 
tercio a tercio de cerveza,
subiéndoos los pantalones,
sobre lo que es la nobleza

del vacío,

de la espera?

Vosotras

plañideras de las desdichas que relatáis con descaro,
pobres princesas de almena,
¿qué coño sabéis de la pena?

¿No se os hace algo raro repartir cornamentas
usando esas mismas bocas
que a los cuatro vientos aventan

el dolor?

Vuestras camas son Gran Vía
si no hay papel ni escenario
y tenéis la desvergüenza, 
pontificando a diario,
de morderme la paciencia 
con mil duelos y quebrantos.

¿A qué coño lloráis noches frías?

Sería mucho más honesto
banderóforas del honor y el carpe diem,
reyes de miembros enhiestos,
que contaseis la verdad.

Bastante más respetable
que usar las lenguas en balde.

Yo os aplaudo,
lo juro.

Y me permito, 
insensato,
lanzar un pequeño reto,
escribid sobre vosotros y vuestras picas en Flandes,
sobre sábanas gastadas por medio millar glandes,
quedará algún seguidor por esas redes,
lo prometo,
y además,

aun sabiendo que no es nada,

mi más profundo respeto.









Querencias

No quiero ser cadáver
ni gusano que se alimenta de vida de cadáver
ni uña creciente de cadáver

ni señal de alto voltaje
tan amarilla y tan negra

yo quiero ser voltaje
quiero ser descarga
de luz
de esperma
de buque atracado a punta de bolígrafo

o estibador chivato como Brando
quiero ser cine en blanco y negro 

y diente 

incisivo
canino
pero nunca promoral

no quiero ser moral
vuestra jodida moral recaudatoria de pecados

pero sí diente

fumar con los dientes
comer con los dientes
follar con los dientes

mirar

con todos y cada uno de los dientes
hasta con los ciegos

no quiero ser ratón de biblioteca
quiero ser rata de cuarto de calderas de biblioteca
salir por la mañana a comerme vuestros despojos
para conoceros
empezando por las suelas
mientras leéis

no quiero ser alcohol en las heridas
quiero ser tu cerveza 
tu resaca por llevarte mar adentro

y epopeya

¡quiero ser Ulises!

que deshiles de noche mi esperanza
sacarle el estómago a los puercos robahistorias
que hacen cola en tu portal

y rabia

quiero ser la rabia 

nada más

y tren de cercanías
cantante de piano bar
estría en tu mar de estrías justo después de cenar

y también pésimo actor
la frase brillante de un amigo
la costura rota de un abrigo

y desde luego 
que no quiero ser olvido pero a veces soledad

¿entiendes lo que te digo? 
quiero ser párrafo
para quedarme casi siempre
en la estantería de la gente 
que no me apetece olvidar

huella
no olvido

fiebre
no olvido

no quiero ser olvido

y no quiero ser tantas cosas
que no quiero ser cadáver
ni gusano que se alimenta de vida de cadáver
con su baba blanca
y su esquizofrenia carnívora 

caníbal

minúscula larva de mosca que frotará sus patas
sonrisa irónica
ojos fríos

sabe que va a vencer

pero no

yo quiero ser sangre
y a ratos
sólo a ratos

papel.










jueves, 22 de octubre de 2015

Posible resaca de alguna droga que nunca probé.

Campeón de mi calle en errores cometidos,
más que nadie,
los mismos que nadie,

¿quién coño es nadie?

Yo
     soy Nadie.

Nadie se levanta apurando cinco minutos de tumba,
se enciende un cigarrillo,
se ducha con tierra húmeda y gel de vainilla,
se mira al espejo y huele bien porque está limpio...

¿durante cuánto tiempo?

¿Cuánto 
              jodido
                        tiempo?

Nadie camina tarde y sin prisa al trabajo,
escucha historias sobre ojos de nadies mucho más importantes que él,
y se va manchando de vulgaridad 

y asco.

Debe de ser un mal día,

o ningún día.

Al anochecer,
entra por la puerta, 
se sienta en el sofá,
cenará mañana 
porque hoy
le crece la personalidad en los papeles,

donde no podéis tocarle,
donde no podéis mancharle con vuestra estupidez rutinaria
de rutinarios problemas
en rutinarias cocinas de estiercol primermundial,

pseudomental,

enfermizo...

como vuestras condenadas almas.

Le crecen dedos 
con depósitos de queroseno en vuelo regular hacia la basura,
su basura,
no la vuestra
malditos usurpadores de mierda ajena,
voyeurs de lágrimas que no lloraréis 
porque no sois Nadie,

como él.

Nadie apaga la luz con una sonrisa,
se entierra casi a las tres.

Os ha robado,
odiados habitantes de los suburbios de los días,
la llave de vuestras cadenas
y un callejón con lluvia y gatos que ya nunca pisaréis

Y no piensa borrar sus huellas.






Nueve mil seiscientos sesenta y cuatro

Algoritmo: Conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema.


Odio mi puta costumbre de mirar el móvil nada más abrir los ojos, tengo la sensación de cubrirlos de nuevo, nada más despertar, con un velo de absurda paranoia de conexión colectiva 

y fría 

y mentirosa

y enferma

y muerta.

Y las mentes nacidas de las proféticas deposiciones de Orwell, bendito sea, que ahora gobiernan ese ser de inmensos dedos ramificados llamado facebook, llevan una semana recordándome quién era yo hace dos años a base de fotos desproporcionadas y ojerosas.

Y yo no quiero recordar quién era hace dos años.

Hace dos años estabas tú.

Y esos algoritmos que ellos paren sin dolor de hueso combado, no han leído "1984" porque no saben leer

ni respirar

ni beber cerveza en terrazas con abrigos

ni sonreír en fotos desproporcionadas y ojerosas

ni quién coño eres tú ni yo ni el nosotros que a mí me cegaba y tú, ciega, te empeñabas en convertir en un fantasma de mis desvanes.

Pero esta mañana han tenido ayuda. Un nuevo recluta uniformado de algorítmicas operaciones, con alguna medalla al mérito de tocarme los cojones, se ha unido al ejército de Telegram para recordarme, con alevosía, que fueron nueve mil seiscientos sesenta y cuatro mensajes exactamente. 

Todos desde tus dedos, 

todos clandestinos, 

todos con sus chaquetas rojas de tweed, con sus elegantes letras color sangre.

Quizá sea el karma, o la mala suerte, o los estertores de una enfermedad anacrónica del pecho, por el tabaco tal vez... pero esta noche caminaré a ratos por las calles de Madrid, por ciertas esquinas, por bocas de metro que no se pueden construir a combinaciones no aleatorias de ceros y unos... caminaré... y recordaré que esta ciudad guarda cinco millones de muertos en uno solo de sus cementerios, que podrían levantarse de sus pasados con las cuencas llenas de tierra y atravesarnos los pechos con sus tibias, porque son más que nosotros...

pero no quiero ser uno de ellos.

Por mucho que esos conjuntos ordenados y finitos de operaciones que permiten hallar la solución de un problema, que sus tercos demiurgos, se empeñen,

yo...

yo no quiero ser cadáver,

por si las moscas.








martes, 20 de octubre de 2015

Paralelismo

Conozco a una chica
que postula la existencia de universos paralelos
y, de vez en cuando,
llora su rabia en ovillos de tripa por el suelo.

Dice que prefiere dormir 
las mañanas de casquería,
que la noche es una puta de saldo
y le cambia sueños y orgasmos
por Kafka y por pesadillas.

Puede que tenga razón,
qué le puedo decir yo, 
que tengo lleno el trastero
de sobres con matasellos de oficinas clausuradas.

Quizá
que dos tercios y tres quintos nunca son suficientes
cuando empiezas a tender puentes hacia el abismo,
que olvidar nunca es lo mismo
que romperle doscientos seis huesos,
uno a uno, 
a todas las cuentas pendientes.

Lástima que Hipócrates, 
cabrón, 
no obligue a escribir amnesia en las recetas.

Qué le voy a decir yo
que a ratos pienso
que la vida no es más que una lesión
en la calma del silencio.

Ella, 
tan bonita,
a veces no recuerda lo que mienten los espejos.

Por eso conozco a una chica
que postula la existencia de universos paralelos
y yo,
que esta noche respiro en huelga de celo,
querría ser algo distinto,
tener la jodida llave,

el código, 

la clave 

de cada puerta blindada

en su maldito laberinto.
















domingo, 18 de octubre de 2015

A los rapsodas de la felicidad, con mucho amor

Anoche,
pobre de mí,
escuché mientras la lluvia
la voz de un rapsoda feliz.

¡Huíd de la melancolía, poetas tristes!,
nos venía a decir.
No es lo que el público quiere
escuchar a esas mujeres,
(y hombres, por supuesto),
echando la bilis y el resto
por los micros de Madrid.

Yo, 
mientras tanto,
mano a mano con el vino,
al lado de un par de amigos,
rumiaba mi santo derecho
a romperme a letras el pecho
y a cagarme en el destino.

Soy poeta triste quizá
que no soporta lecciones, 
o que siente si lo enmarcan 
en flácidas clasificaciones,
con perdón, 
que le tocan los cojones.

Voceros de la primavera,
por favor,
dejadme la vida entera
vosotros siendo felices 
y yo 
con mis jodidas cicatrices.

Respeto almendros en flor,
lo juro,
hasta he saltado algún muro
como un perro tras su olor.
Soy cum laude en atardeceres,
en pozos y en mercaderes
que venden la salvación.

Vosotros dejadme tranquilo
desnudando bosques oscuros
en los que a ratos anido.
Parece que eso os perturba,
lo agradezco,
pero por dios, seguid con los arabescos
y no me deis más la murga.

Y aunque os suene a verso blasfemo,
a mente satánica y cornuda,
no os quepa ninguna duda
de que el público, 
amados míos,
me la suda.

viernes, 16 de octubre de 2015

Me cago en los lunares

Aquella noche dormí en el suelo
o en las cloacas
o en el puto infierno,
no lo recuerdo bien.

Fue una transfusión de frío a la madera
a eso de las seis, 
o quizá un náufrago arrojado de cabeza,
que se agarra a los restos del galeón 
con mar gruesa de cerveza... 

Yo qué sé...

Aquella noche dormí en el suelo
y la gata me acariciaba la boca con los bigotes,
hacía esos ruidos tan raros
como de juguete destrozado
contra las escaleras.

Desde entonces siento arcadas
cuando toda esa legión
cuenta lunares en espaldas,
lunas crecientes 
que parecen, ahí colgadas, 
jodidas hojas de guadaña.

Como la de ayer,

maldito instrumento macabro 
destripa entrañas.

Aquella noche dormí en el suelo,
sobre tarima flotante,
era de roble, 
creo.

Pobre caballero andante,

pobres vértebras del cuello.









lunes, 12 de octubre de 2015

12 de octubre

Veo una peli mexicana que protagoniza un cadáver.

El cadáver ordena su piso,
pone la lavadora,
friega platos y cubiertos, 
se mete algodones en los orificios de la nariz
para evitar la salida de fluidos,
ralentizar la descomposición
o no apestar a náusea cuando coge el metro...

¿Qué se yo?

Lo que de verdad me pregunto
es cuántos de vosotros,
peatones en derribo de esta ciudad,
hacéis lo mismo cada mañana.

domingo, 11 de octubre de 2015

Estúpido miedo analógico

Te di miedo.

De esa forma tan tuya tan cobarde
tan de kilómetros tan analógica...
tan de no usar los dedos.

Tan tan tan tan tan...

Así sonabas,

como una campana llamando a muerto.

A mí, claro,
al de las madrugadas clandestinas
escribiendo con las tripas
en lugar 
de tirar de una jodida buscapina.

Anémico ojeroso
sin un maldito poso de tu sudor.

La cicatriz de tu vientre era pan y tierra,
café caliente 
en medio de una guerra que no supiste empezar,
pero que a mí,
en noches de atraco y cerveza,
me vuelve a dormir
amortajado en las cunetas.

Te di miedo.

De esta forma tan mía de romperme los huesos
contra los escritorios,
de conservar falanges en tinta china,
de no guardar silencio
tras un beso de estación.

Sincericida cruel de verdades inventadas,
no me engañaste, no olvides
que tienes ojos tienes piel,
que me diste la receta 
de la mostaza con miel para la carne.

Y yo, en Madrid,
en cualquier parque,
aterrador hombre latiente sobre un banco de granito
frío,
sin pecho,
como todos tus disfraces... yo

te sigo

dando

miedo.

Con esta forma tan mía de no limarme los dientes
si hay que morder,
de desnudarme la vergüenza en el baño de un hotel
de poco más de cien páginas.

Devoradora de instantes perdidos,
ignorante de tus hilos,
que te aproveche el futuro 
detrás de tu maldito muro y tus silencios.

Yo...
yo pienso seguir el sendero
de los bosques que no quieres caminar,
a ratos roto, dislocado, deslenguado siempre,
ya lo sabes.

Tú... 
reina del tiempo despedido,
de los relojes de agua,
con tu almacén de lágrimas condenadas a esperar,
si te empeñaste, 
querida matemática absurda,
en sumarme ceros... 


me vas a dar igual.

martes, 6 de octubre de 2015

Uñas en la espalda del bloqueo

Llevo días con los dedos apuntalados,
como una fachada en ruinas
o una ciudad de posguerra.

No me dejan escribir.

Se mueven sobre mi cabeza
como los talones de un ahorcado,
barajan
los cheques que no pago
a todos esos gatillazos del destino
que encontré,
con sus cartillas de racionamiento,

a solas,

hambrientos,

por el camino.

Levo días sin valor
para esperar a pluma gayola los recuerdos nuevos,
para empuñar la pistola con que volarle los huevos
a las hojas,

tan ocres,

tan octubre,

de Madrid.

Audrey fuma con boquilla en la pared,
me susurra mantras  
contra los mesías que una vez
abandonaron mi cadáver. 

A mí 
se me ha olvidado leer las caderas que no caben 
en estas cuatro paredes.

Voy,
si no os importa,
a querer quemar desnudos sus rastrojos,

cerrar los malditos ojos

y tratar de dormir.




jueves, 1 de octubre de 2015

Caminar

Los aleros de esta ciudad
gotean cadáveres,
miembros desmembrados de historias inconclusas.

Las aceras de esta ciudad
son un sepelio de musas,

de colillas,

de basura,

de temblores si los usas,

de sujetadores
abrochados sin encaje
en los pechos de los cuerpos del pasado.

El otoño en esta ciudad
es una esquina,
un barril de cerveza malherida,
una foto
para descoser el saco roto,
la mochila,
de la espalda deslomada de la vida.

Y entre tanto desperfecto
camina un tipo a ratos muerto,
tratando de buscarle a Madrid alguna orilla,
alguna forma de arrimarle una cerilla a sus vestidos,
de llegar,
de una puta vez,
a dondequiera que escondan el buen puerto.

Capitán de anaqueles
de exposición de mujeres eternas...
así soy,

no temas,

o teme...

Recógeme de todos los andenes
de los trenes que he perdido,
o déjame caminar,

solito,

con el frío.















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