martes, 2 de junio de 2015

Detenerse, descansar, cada dos horas... Malditas recomendaciones

Déjame que te defina el miedo. 

El miedo es anoche. 

Es una luna al noventa y ocho coma siete por ciento sobre los pinos de un área de servicio, en Los Monegros, porque llena es hoy. 

Es silencio a cuatrocientos cuarenta y dos kilómetros de casa, a una galaxia o seis tequilas de tu tobillo derecho, con el depósito a tres cuartos.

Es el café en un parking de césped recién regado, con las luces a la espalda, medio dormidas. 

Es olor a campo y a madrugada pero no a ti, 
como si tú no olieras ya 
a campo y a madrugada.

Lo admito.

El jodido miedo es tú cuando no estás, y duele la pierna del acelerador dos horas después de salir de Cervelló, porque no conoce muy bien el destino, y se detiene a estirarse, y se pega una hostia de silencio tierra café autopista... de esa magia vulgar de corazones de saldo que tanto me gusta.

No sé qué dirías tú si no estuvieras muda, y no me importa, el miedo es la sombra del regreso de los viajes que tú no haces,

hacemos,

nosotros.

Es anoche.

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