Déjame que te defina el miedo.
El miedo es anoche.
Es una luna al noventa y ocho coma siete por ciento sobre los pinos de un área de servicio, en Los Monegros, porque llena es hoy.
Es silencio a cuatrocientos cuarenta y dos kilómetros de casa, a una galaxia o seis tequilas de tu tobillo derecho, con el depósito a tres cuartos.
Es el café en un parking de césped recién regado, con las luces a la espalda, medio dormidas.
Es olor a campo y a madrugada pero no a ti,
como si tú no olieras ya
a campo y a madrugada.
Lo admito.
El jodido miedo es tú cuando no estás, y duele la pierna del acelerador dos horas después de salir de Cervelló, porque no conoce muy bien el destino, y se detiene a estirarse, y se pega una hostia de silencio tierra café autopista... de esa magia vulgar de corazones de saldo que tanto me gusta.
No sé qué dirías tú si no estuvieras muda, y no me importa, el miedo es la sombra del regreso de los viajes que tú no haces,
hacemos,
nosotros.
Es anoche.



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