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jueves, 1 de enero de 2015

Química externa

La primera noche del año me arropo y me da por abrir de nuevo a Benedetti. No existe una razón. Bueno... supongo que existe pero soy incapaz de identificarla. El problema es que no puedo pasar de la tercera página, y la ropa tendida en mi habitación huele a detergente, y ese uruguayo cabrón me ha dejado pensando en tres poemas con qué lavarás la tuya. 

Cuando hemos estado cerca me centraba en el olor de tu piel, me encanta que no lo escondas a la sombra de un perfume, igual que me gusta que te arregles el pelo en casa, y las peluquerías sean un escollo que salvar, como los dentistas.

Lo que ocurre es que ahora sólo pienso en tus vestidos, en tus vaqueros, tus camisetas, en el resultado de la suma de su olor sobre el tuyo, en tu lavadora, en dónde tiendes... como si fuera un acontecimiento que celebrar. 

Y no sé si es exagerado. 

No sé si debería estar dormido, o escribiendo acerca de tu cuerpo, desmenuzándolo entre palabras, si debería apagar la luz y tratar de encontrar el momento para decirte que te echo de menos, en lugar de andar perdido entre marcas de suavizante buscando cuál te quedaría mejor. 

He reducido el amor a química externa. 

Debo de estar agotado.

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