Y yo, que voy para dieciocho meses dibujando escenas en las que nuestros pies son protagonistas, que he cortado el césped y, este verano, mantenía limpia la piscina por si llegabas, he vuelto a ponerme esa canción camino del trabajo y a pelearme con aquello de que "sólo entonces, lo mismo será que no serlo".
Y no sé si me conviene quitarme ya el jersey de ti, de cuando empezó el frío, o seguir abrigado un rato más, porque, quieras que no, esta mañana he vuelto a tener que rascar el hielo del parabrisas para ver por dónde iba antes de arrancar, y no me fío.
Veo gente con abrigos largos aún, y me he quedado demasiado flaco como para aguantar lo que queda de invierno si me desnudo con otra y, al final, no sabe coser.
Ya sabes que siempre que me sube la fiebre tengo tendencia al desvarío y podrían encerrarme por algún desorden público. No me importan las habitaciones acolchadas si tienen calefacción, pero, sinceramente, no las soportaría sabiendo que no vendrás al vis a vis.
Así que dime si he de dejar de mezclar mostaza y miel, que siempre me queda amargo, sacar de la nevera tu salsa favorita, guardarte en el armario de las capitulaciones sin ventaja para el capitulado, y procurar olvidarte de una puta vez.
Si recuerdas de vez en cuando tu forma de casi dormirte conmigo al lado, o de buscarme la rodilla debajo de la mesa de las cervezas, puedo esperarte cinco minutos más en la estación.
Empiezo a tener cierta prisa.
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