Me gusta imaginar la memoria como una maleta llena de postales. Unas tan recientes que aún podrías correr la tinta pasando sobre ellas la yema de los dedos, otras en sepia, con los bordes mordidos por ratones grises de desván, y matasellos de lugares exóticos que antes eran tu casa, y se quedaron empapados en los andenes.
Pero es una maleta que no puedes abandonar, como esos maletines de joyero esposados a la muñeca, imposibles de robar si no es amputando la carne, que nunca se perderán girando en la sala de recogidas de ningún aeropuerto.
Todo tiene sus contras.
De todas, las postales que más me gustan son ésas cubiertas de tachones, las de la letra que tiembla insegura con las manos heladas en el invierno de cualquier puerto del sur, las que se guardan durante años apartadas del resto, dentro de la caja de tus zapatos favoritos. Ésas en las que llegas a un acuerdo con el remitente para continuar la guerra después de cualquier tregua, las nuestras, las de los finales abiertos con capítulos de resurrección, las que he dejado en el armario detrás de las mantas para que no cojan frío.
Supongo que no te gustan los carteros con guantes o, como me he mudado, todavía no has encontrado mi dirección para este invierno.
Y yo, mientras tanto, abriendo el buzón vacío y, de vez en cuando, mirando hacia arriba antes de que se cierre la puerta en el portal, por si los aviones de papel desde la azotea.
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