Anoche me miró a los ojos
una de esas enfermeras del olvido
que suturan,
desinfectan,
y se ríen de tu destino
colocando su mano izquierda entre tus piernas
en la barra de un bar.
Se ha marchado esta mañana.
Su lado del colchón está caliente.
"Suerte con las letras, escritor...
me debes una."
Suerte en la maleta,
chica sin nombre.
Estamos en paz.
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