Empecé a escribir con la heroica intención de sobrevivir.
Tenía quince años.
Quería dar alimento a todas esas arañas
que tejían las esquinas de los techos de mi cabeza.
Necesitaron carne fresca
y no versos malcriados creciendo desobedientes.
Así que las letras se inmolaron
como terroristas suicidas sin más religión que la vergüenza.
Poco después ya no me quedaban papeleras.
Dejé de escribir.
Me quedé dormido.
Por eso ahora siempre llego tarde,
por eso todos los lugares ya han sido lugares de otro,
como las líneas,
y las entrelíneas.
Por eso no soy más que un impostor
queriendo dormir con retraso entre tus piernas,
o dentro de tu boca,
o de ti,
completa.
Y viajo con la maleta llena de paredes frías,
y miedo y carne y sexo,
y cuatro estaciones de tristeza,
y palabras desordenadas para decirte lo que ya sabes.
Tarde…
Puede que ciego.
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