si no se me hubiesen parado todos los relojes,
o buscar camas de alojamiento y desayuno
como canto de cisne de mi honestidad.
Pero ya sabes lo que odio follar por follar,
los cuerpos incompletos
se asoman demasiado cerca al vacío,
y necesito dejar mi adicción al vértigo,
al otro,
al que no llega desde tus acantilados,
desde tus hombros
tus pies,
desde la yema de tus dedos
señalando la salida de mis laberintos.
He probado a escribir tu nombre en la arena
y esperar a que suba la marea,
como si ahogando tus letras pudiera borrarte,
a ti.
Le he dejado el trabajo sucio al mar,
como un cobarde.
He necesitado quemar tus libros
en un holocausto de palabras que olvidar,
todas mis coartadas para mirarte dentro,
tu Waltari,
tu Ende,
tu Wenceslao.
He intentado llorar a secas,
sin usar las tripas,
pero siempre me crece tu ausencia a espasmos
y tu cuello con sal
y tus preguntas.
Dormir en esta ciudad ya no me sale.
Y a las cuatro de la mañana
los informativos cuentan que se ha caído otro árbol en Madrid.
Confirmando los pronósticos
estas calles cada vez se parecen menos a un bosque salvaje,
a una boca caliente para no morirse de frío, a un animal,
a un apeadero de dudas que sangran,
a un cuerpo para quedarse.
Cada vez son menos tú y más esta maldita enfermedad.

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