Hay que reconocer
que eres la hostia reflexionando en cursiva,
que tu costumbre de cimentar argumentos
abrazándote las piernas sobre el césped
para que sean tus muslos los que dicten sentencia,
transforma la tarde
y el humo
y la cerveza
en la línea de salida.
Has reinventado el erotismo ilustrado,
conviertes tus palabras en mi autopista hacia el polvo,
y me conduces,
y me enseñas,
y yo me dejo llevar,
y enseñar,
y follar.
Y además,
no necesito rescate,
me quedo con mi secuestro crónico,
con tus clases particulares de cicatriz y ombligo,
con tu Ende
y mi Bukowski
y tu playa detrás de la montaña
y la mía de arena negra,
y sobre todo,
con esa forma de comerte mis poemas
a dos milímetros de la boca.
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